lunes, 3 de octubre de 2016

FICCIÓN: 10 Lugares de Orihuela en donde pasar auténtico terror: 8. La Calle Aragón


A mis oídos ha llegado el relato de lo que este lugar era en tiempos retraídos.

Un lugar de silencio en donde los restos de aquellos caídos descansaban para siempre.

Un lugar en donde las religiosas del Convento y colegio de Jesús María de Orihuela practicaban sus enterramientos.

En esta magnífica calle se situaba antaño la lonja y poco más allá, en donde comienzan los edificios, se trataba por aquel entonces de un lugar sagrado, un cementerio en donde permanecían los cadáveres de algunos difuntos.

Bajo una tierra siempre húmeda en lo que antiguamente había sido un huerto.

Cuando se inició en Orihuela la fiebre por la explotación urbanística con la construcción de pisos en lugares que encierran misterios, no se libró este lugar de ser también, desamortizado eclesiásticamente y aprovechado para construir en él una larga tira de bloques de edificios.

Los primeros vecinos que ocuparon dichos pisos, no tardaron en apreciar ciertos elementos diarios que no encajaban en sus vidas, y que se les mostraron de manera extraña y fueron mantenidos en secreto. 

Ninguna familia contaba a otra lo que allí habían sido testigos de escuchar o presenciar.

Todos guardaban recelosamente un secreto que a voces debía de haber sido expulsado a los cuatro vientos.

De estos vecinos de la calle Aragón, un testigo aún recuerda tales sucesos y me lo confirma con un relato estremecedor a la vez que terrorífico.

Me cuenta que cuando en su casa solía quedar sólo una persona, era un somier el que cobraba vida. 

Como si alguien se acostara o se sentara y se levantara de encima, alguien invisible, que teóricamente no estaba allí y se hiciera patente para molestarle. 

Varios fueron los integrantes de su familia los que fueron testigos de aquel suceso tan anómalo.

También me cuenta este amable personaje, que siendo él un manitas en casa, el típico hijo práctico que todo lo sabe arreglar, que todo aquello que se tuerce, pasa por sus manos  y vuelve a quedar en perfectas condiciones, fue testigo de un espejo que reservadamente se rompió, como si alguien lo hubiese empujado, pues no se halló prueba alguna de que el espejo se hubiese caído por su propio peso.

Analizó la alcayata de la pared, el enganche del cuadro.

Aquello parecía imposible, sino es porque alguien, un ser del más allá, no lo hubiese empujado con sus fantasmales manos.

Asustados acudieron a personas que del tema sabían y estos les aconsejaron que pusiesen agua bendita bajo la cama en donde el fenómeno sucedía.

Y así hicieron, colocaron un recipiente lleno de agua bendita y esperaron unos días para ver si aquello tan molesto desaparecía.

Milagrosamente, así sucedió.

No sabemos si por exceso de autosugestión o porque realmente el remedio milagroso funcionó.

Lo cierto es que todas aquellas cosas que las familias vivieron en esta calle, dejaron marcadas para siempre las vidas de los que allí estuvieron.



No hay comentarios:

Publicar un comentario