viernes, 27 de enero de 2017

Concurso Relatos de Terror: 3. "Lo Oculto" de Frank Ayala Peñarrubia



Eran las cinco de la madrugada cuando Manuel y Santiago, arqueólogos reputados, llamaron a las puertas del colegio Santo Domingo. Al parecer se había encontrado algo de valor histórico dentro de sus murallas y para no molestar durante el horario lectivo se decidió quedar antes de la hora de inicio de las clases.
La lluvia caía con intensidad aquella noche. Rara vez llovía en aquellas tierras, pero como se decía por allí cuando llueve, hay que salir en barca. Las gotas empapaban las ropas de los arqueólogos, a pesar de que cada uno portaba paraguas para protegerse.
Pasados unos minutos la puerta se abrió y las dos personas entraron en el interior del recinto.
-Ya podrían haber instalado algún portero automático o algo por el estilo- dijo Manuel rabioso mientras se sacudía la ropa para tratar de quitar las gotas que no habían sido absorbidas por la ropa todavía. Su compañero imitó la acción.
-Perdone por la tardanza pero es una de las pocas veces que he tenido que venir a estas horas al colegio- se excusó el portero- mi nombre es Rubén-
-Muy bien Rubén, muéstranos aquello por lo que el director de todo esto nos ha llamado con tanta urgencia- dijo Santiago mientras señalaba con el dedo índice al techo de la estancia haciendo referencia a toda la construcción.
Rubén los condujo hasta la sacristía que se situaba junto a la iglesia del colegio en donde solía estar el cura antes de celebrar la misa. Allí un rudimentario armario de madera de pino y una mesita con una silla, que habían visto mejores días, eran lo único que amueblaban la habitación de suelo de mármol blanco. En una esquina de esta varias losas estaban rotas. El portero las señaló.
-Allí está lo que tienen que ver- dijo.
Los arqueólogos se aproximaron y empezaron a apartar las losas, que habían sido colocadas burdamente sobre un tablón de madera para ocultar lo que había debajo.
-¿Y cómo se han percatado de este hallazgo?- preguntó Manuel para romper el silencio mientras realizaba su trabajo.
-Durante la tarde de ayer el señor director iba a oficiar la misa y preparando sus cosas resbaló y pudo evitar el golpe al agarrarse a la mesita, lamentablemente la figurilla de bronce de la Virgen de la Esperanza que había sobre ella calló sobre una de las losas de ahí he hizo un agujero. El director dio orden de cerrar el acceso a esta habitación, aunque ya estaba “restringido bajo unos pocos“- explicó el portero mientras hacia el gesto de comillas con ambas manos al pronunciar las últimas palabras.
-Bueno, pues veamos qué tenemos aquí- dijo interesado Manuel mientras apartaba junto con su compañero el tablero.
Ambos se quedaron atónitos al comprobar lo que había al quitar el trozo de madera. Una escalera de roca olvidada, a juzgar por el polvo acumulado en sus peldaños, se adentraban bajo el colegio y, siguiendo el sentido en el que descendían la escalera, concretamente bajo la iglesia.
En silencio, los arqueólogos buscaron unas linternas en sus mochilas y descendieron lentamente y con prudencia, ya se torcieron varias veces los tobillos al entrar con frenesí y emoción en excavaciones en las que se encontraron restos de civilizaciones pasadas.
Unos treinta escalones en una sola tirada pudo contar Santiago. Unos cinco metros y medio de descenso pensó. El olor a humedad impregnaba aquel lugar. Las linternas apenas podían iluminar más allá de un par de metros.
Manuel alzó la mano izquierda y se sorprendió cuando comprobó que el techo estaba a poco menos de dos metros de distancia respecto al suelo, lo que producía junto con la oscuridad una sensación claustrofóbica. Rápidamente tiro su mochila al suelo y buscó un foco que guardaba para este tipo de ocasiones.
-¡Rubén necesitamos una alargadera aquí abajo!- gritó.
El portero bajó lentamente con una, su larga experiencia en su trabajo le hizo dejar varias herramientas que pudieran necesitar. Entre ellas la que en esos momentos solicitaban.
El foco iluminó gran parte de la estancia. Los tres individuos se quedaron atónitos una habitación de diez por diez metros excavada en la tierra se ocultaba bajo los cimientos del colegio Santo Domingo. El suelo era de roca viva y estaba encharcado, señal de que el nivel freático solía inundarlo con frecuencia. Las paredes eran completamente lisas y de pizarra grisácea.
-¿Y esto qué se supone que es? ¿El lavabo de la iglesia?- preguntó en tono sarcástico Rubén.
-Creo que tu respuesta esta aquí- respondió Manuel acercándose a la pared que quedaba a la derecha de la escalera.
Cuando el arqueólogo llegó hasta ella la tocó para comprobar realmente lo que veían sus ojos. Habían mensajes gravados burdamente en un lenguaje muy antiguo, en la pizarra. Muy distintos a los que solían encontrar en civilizaciones egipcias que estaban totalmente en horizontal y ordenados. Aquí parecía como si el que hubiera escrito uno de los mensajes lo hubiera hecho donde quiso y sin ningún tipo de cuidado. De hecho, la caligrafía se iba deformando conforme iban acabando las frases. Como si el autor fuera olvidando cómo se escribe.
-Aquí está. Aquí yace- lee el arqueólogo mientras desliza la mano bajo las palabras conforme las pronuncia-
El profeta que nos guió aquí descansa.
Más allá del cielo serás recordado.
Serás encerrado en muerte, y en muerte volverás a nosotros, para guiarnos.
Somos tu rebaño, y te esperamos.
Hasta la eternidad.
-¡Manuel mira esto!- exclama Santiago mientras señala el centro de la pared que hay al fondo de la estancia.
Su compañero deja de leer los mensajes y se dirige hacia allí. Lo que contempla le sorprende con creces.
Una runa circular sobresale en el centro de la pared con una letra similar a una V tallada en la misma. Y sobre esta pieza emergen decenas de frases. Como si la runa fuera el centro de una espiral y quisiera tragarse las palabras, ya que conforme las letras se aproximan a la enigmática pieza, su escritura es más pequeña y burda.
Manuel instintivamente cogió la runa y esta se despegó de la pared sin ni siquiera haber tirado de ella. Como si el simple contacto hubiera provocado tal acto.
De repente un grito de algo desconocido retumba en la estancia y las luces del foco y de las linternas estallan dejando a los tres individuos a oscuras.
Lo último que escucharon los arqueólogos fue las rápidas pisadas de Rubén subiendo la escalera…

Frank Ayala Peñarrubia

2 comentarios:

  1. Qué intriga!! Hay una continuación o segunda parte? Muy buen relato!

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    1. Es el prólogo de un libro que está escribiendo.

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