miércoles, 21 de diciembre de 2016

El Crimen del Paseo Calvo Sotelo (Rumor)



TEATRALIZACIÓN:

I

Mi cuartito interior acogedor daba a un patio lleno de luz, y mi ventana se abría muy cerca, en ángulo con la de mi vecina. Ella tenía la suya adornada de hermosas flores: albahacas, enredaderas, alelíes y claveles rojos.

Mi ventanuca, sin embargo, estaba árida y seca.

Es importante decir que las supuestamente maduras matronas de mi vecindad, en complicidad fisgona con mi patronal señora doña Remedios, husmeaban en mi ausencia los libros, los apuntes, cuartillas, rimeros de periódicos hasta sacar en claro que yo era un escritorzuelo, Dios sabía de cuantos puntos en la pluma.

Y que cuando yo llegaba (un algo huraño siempre) hacíanse las casuales encontradizas para, con frase acaramelada y zalamera, sonsacar algo de mi vida irregular.

E ítem más que yo, dejándolas saborear su pan de trastrigo, encerrado en mi torre con el orgullo de un hijodalgo primogénito, tapiaba labios y oídos a sus arrumacos.

Una sola excepción había de amistad y contento: la de mi vecinita.

Cuando a la hora de comer libraba a mí asendereado cuerpo de la cama esclavizadora, pálido, ojeroso, desmelenado, con el enervamiento y languidez aún del corto descanso, abría mi ventana de par en par.

Consuelito, mi vecina, ya estaba en la suya observándome, con su carita de oriolana, morena, hermosa y picara.

-          ¡Vecinita, buenos días!

Y su dulce voz de cuco, en competencia con su parlero jilguerillo, contestaba cariñosa y burlona:

-         Ya es hora, vecino. Buenos días. ¡Cuidado, no piso usted ese sapo!... ¡No hay derecho a madrugar de esa manera!...

Y sonaba su risa de alegres cascabeles, entraba el sol a raudales en mi cuarto, veía yo un trozo de cielo azul, respiraba el oxígeno a plenos pulmones, y abría los ojos mucho, muchísimo, llenando mi retina con la frescura sana de Consuelín.

El primer día nos miramos un instante con curiosidad inquisidora. Un vecino o vecina joven que llega, es un misterio sin desflorar.

Hubo otro día el saludo, pretexto de conversaciones.

Consuelo era una ráfaga vibrante de alegría y robusto vivir que llenaba la casa y el patio hondísimo con el eterno entonar de sus cantos y de sus risas. Sus ingenuidades, extrañamente combinadas con las picardías de mujer, llegaron a interesarme y a sujetar en la lucha nerviosa mi pensamiento.

Las comadres respetables murmuraron nuestras charlas ligeras.

Mas era la verdad que yo, galanteador implacable y práctico de todas las mujeres, no crucé con aquella ni una sola palabra de esas que traidoramente clavan su doble sentido.

Era tan deliciosamente bella, tan delicada y sutil, tan mujer y tan chiquilla, que no osé destrozar con la vulgaridad de unos amores fugaces e impuros aquella figurita de encajes alados, que infiltraba en mi espíritu cotidianamente un mar de misterioso encanto, de puros cariños, de amistad, de gloria, de vida suave y mansa.

La quería yo... como a eso, como a una muñeca con alma de ángel. Y, recíprocamente, yo vi ansias de afecto en sus ojos negrísimos, y en su voz un amoroso acento, algo así como un maternal cariño. Que no en balde ha dicho alguno que entiende que: "toda grande amistad, entre la mujer que tiene belleza y corazón y el hombre que tiene corazón no es sino el principio del amor...”

II

Los niños todos la querían con sus afectos infantiles y cándidos. Y a todos los mimaba ella, los cogía en brazos, los corría y zarandeaba en alocados juegos confundiéndose con el coro picotero y estrepitoso de los pequeñuelos.

Saltando incansables en los brazos de mi vecina, asomábanse al patio las cabecitas radiantes; y las madres miraban, encantadas, bobaliconamente, la candidez alegre de sus hijuelos, acariciados por los cabellos flotantes de la virgen juguetona.

No había vecino joven que no tuviera con ella réplicas furiosas, ni albañil en la casa que no alternara los chafarrinones de pintura a las mugrientas paredes con diálogos chispeantes, ni vieja que mostrase las sucias greñas en alguna ventana sin recibir corno un flechazo la frase acerada y burlona de mi amiga.

En aquellas encendidas refriegas derrochábase la gracia oriolana sin que nadie pudiera gloriarse de ganar su predilección o de haber vencido su inconmovible pureza.

Así corría tranquilamente el tiempo, las viejas murmurando. cantando horriblemente las criadas del primero, gritando los chiquillos, poniendo mayor encanto nosotros en la media hora diaria de ventana, luz, aire, y alegría, cuando se habló de uno que rondaba... y más tarde, con firmeza ya, de un novio para la gentil vecinita, impuesto por la madre.

-        Somos muchos en casa!- dijo al imponer su voluntad brutalmente, como otras muchas madres y otros muchos padres imponen las suyas a sus hijos, brutalmente también...

¿Será preciso hacer constar que la noticia produjo en mí sorpresa, luego rabia, y que la reflexión me trajo después una desolada conformidad y tristeza?

Al abrir mi ventana sorprendí desde entonces una luz de congoja en sus ojos, que dolorida apagaba lentamente.

Pasaron meses y oí algo de casamiento próximo, de celos, de algún disgusto prontamente sofocado...

Hablemos de él: incompatibilidad de caracteres, celoso, desesperadamente celoso. Y riñas diarias... Y, en humana bestialidad, amenazas, ¡amenazas de bruto a la sensitiva, a la aérea muñeca alimentada con alegres amores y caricias!...

-         Le tengo miedo— me dijo. —Celos de mi reír, celos de mi charla, de mi andar, de todo. Rabias y celos que me asustan.

-         Usted que me conoce, dígame, ¿es maléfico reírse? ¿es malo hablar, correr, estar siempre alegre con todos? Pues mire usted; yo creo que ser buena es querer a los niños, a los pajarillos, a las flores, a todas las cosas, y a todo el mundo. Y si esto es ser buena, yo lo soy.

-         El novio de mi amiga Antonia la pegó ayer hasta hacerla sangre, porque la vio hablando con un conocido. Me pasará igual. Le tengo miedo, le tengo miedo..., -repetía mi vecinita. Y sus enormes ojos, girando medrosos y azorados, se entornaban bajo el peso lacerante de su pena.

Me pareció que un aliento trágico pasaba el patinillo, envolviéndonos en su manto de terror. Enmudecimos. Sentí que mis cabellos se erizaban y que una extraña angustia me oprimía... Quise decir algo y un lazo de hierro me anudó la garganta,

-         ¡Adiós!

-         ¡Adiós!...

Quise hablar otra vez y no pude. Cerramos lentamente las ventanas que chirriaron siniestras...

Una greguería estrepitosa rompió al poco rato mi hipnotismo, un ensordecedor concierto de patadas, gritos, silbos, carreras y baladros. Miré. Eran todos los chiquillos de la vecindad que venían a jugar con mi amiga...

Noches después subía yo la interminable escalera. Distraídamente observé una inusitada animación en la casona, un nervioso sube y baja de gente, cuchicheos, rostros apenados. ¿Qué pasará?

Ya cerca de mi cuarto oí estremecido un lloro implorante, deprecaciones, gritos de mujer... Luego un alarido, ronco y doliente, y prolongado... ¡La madre de Consuelo!

La puerta de su casa estaba abierta. Mucha gente en ella, la habitación casi a oscuras.

-         ¡Herida, muy mal herida!, En la Casa Socorro está—me gruñó al lado una mujercilla insignificante y oficiosa...

Me dio una sacudida el corazón y se contrajeron mis nervios brutalmente. Comprendí. Salí como una tromba, descendiendo a grandes saltos la escalera...

Corría, corría desolado, sin parar, tropezando en las esquinas con los transeúntes maldicientes; sin ver nada, tapados los ojos por una nube roja...

La Casa de Socorro. En una mesa de mármol había un cuerpo extendido, rígido. Alrededor varias personas.

Temblando, frío, con la muerte en el corazón, me acerqué al grupo y miré, miré como debería asomarse al infierno un condenado:

¡Era Consuelo!

Llegué hasta ella. Desnuda y lívida.

-         ¿Herida?—pregunté.

-         Muerta—respondió uno.

Sentí derrumbarse algo dentro de mi alma.
Una maldita vieja, alcahueta del barrio, con cara sibilina se acercó y me dijo:

-          El novio ha sido. Hablaban de usted. ¡Cosas de celos!

-          ¡Pobrecita!... ¡una perdición!...  Un tiro en la cabeza. El lloraba al entrar en la cárcel...

Me mordió un escalofrío. Aparté, iracundo, a la bruja. Quise acercarme, besarla, y me detuvieron unos brazos.

¡Oh! Es horrendo pensar en un hombre, un hombre lleno de vigores, de tuerza pujante, aplastando a un ser débil, a un bibelot!

Las mujeres mascullaban un padre nuestro.

Salí tambaleándome, lleno de horror. Y sombrío, contraído, agónico, en la inconsciente huida ante la alegría muerta, ante mi rota muñeca con alma de risas, ante el precioso capullo deshojado, terciopelo divino. fragancia y sensación exquisita de juventud, sentía que mis ojos se quemaban en ofrenda con llanto de fuego, con rabiosa locura, con desolado y amarguísimo dolor!!



Adaptado de una historia de A. NICOLÁS PINTO.



El Patio de la casa donde ocurrió el crimen

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