lunes, 19 de septiembre de 2016

La Fiesta de San Antón



Hurgando en mis libros sobre las costumbres oriolanas, me he tropezado con algo que me ha llenado de satisfacción.

Al leer el relato descriptivo que José María Ballesteros hace de una de las fiestas más nombradas de Orihuela, las Fiestas de San Antón, que se celebran el domingo antes del 17 de enero, me ha hecho retraerme a mi propio pasado y recordar los dulces e intensos momentos de mi niñez en la que acompañado de mis padres y hermanos, acudíamos ese señalado día a pasear por el barrio de San Antón para participar como el resto de mis vecinos en un día que para mí se ha vuelto inolvidable.

Por supuesto que recuerdo el panizo dulce, las bolas, las pelotas blancas que se estiraban y con la que mi hermano y yo hacíamos batallas.

Pero sobre todo, recuerdo ir a ver al cerdo que era lo que más nos impresionaba.

Y también como no, a esos charlatanes que con su labia nos dejaban asombrados, pues con su charlatanería eran capaces de darle la vuelta a cualquier cosa.

Así que un impulso me ha obligado a copiar el texto más o menos literal que José María Ballesteros editó a principios de siglo XX y les invito a escuchar este relato que está impregnado de dulzura, belleza e inocencia.

…Eran otros tiempos…



Está situada la pintoresca ermita de San Antonio Abad, al pie de la sierra del castillo por el lado que mira al Levante. Adosada a la ermita, formando un solo cuerpo está la casa del capellán que durante todo el año cuida y atiende al santo en las necesidades propias del culto. Una ensenada rodeada por pretil de toscas piedras se extiende a la puerta del santuario y, en el centro de ella se levanta altiva, derecha y cimbreante, una palmera que los viejos dicen fue plantada el día que una reina visitó nuestra ciudad. A la espalda y a los lados de la ermita de San Antonio, sobre la ladera del monte, hay una serie de casitas malamente edificadas y pobremente habitadas, y varias cuevas convertidas gracias a la constancia y a la pobreza inaplazable en sus determinaciones, en humildísimas viviendas, donde se resguardan del agua y del frío, pero no del hambre, los desgraciados y desamparados de la coquetona y caprichosa fortuna.

Completando este cuadro típico de los alrededores de la ciudad, están los preciosos huertos de palmeras formando tupido bosque que sirve por su aspecto serio y monótono, de apropiado fondo para el escenario donde diariamente se representan a la vista de las paredes de un santuario, escenas de desesperada lujuria y de severa e insoportable miseria.

Varios días antes de la típica Feria de San Antón, ya se exhibe los martes en el mercado y los domingos en las calles más céntricas, el famoso y popular cerdo que, rechoncho y con la respiración fatigosa por el exceso de grasa apenas puede dar un paso. La gente se afana por apuntar su nombre en los pliegos de papel colocados sobre una mesa, y entregar la limosna para el Santo, confiando en ser agraciados con la suerte al ser rifado después de las fiestas el sustancioso y provechoso animal.

Desde muy temprano comienzan a llegar el día de la Romería a los alrededores de santuario, infinidad de vendedores cargados con los indispensables dulces y bolas de San Antón y otras golosinas de venta casi exclusiva en este día, como el blanco, tierno y quebradizo palmito y el pegajoso turrón de panizo. Los puestos de confituras aparecen colocados en dos largas filas a ambos lados del camino que conduce a la ermita, y en un lugar un poco arrinconado, están los merenderos hechos provisionalmente con zarzos y harpilleras.

La figura más sobresaliente de esta fiesta después del cerdo, es el Señor de San Antón; este es un canónigo que todos los años el Cabildo elige de nuevo, con la obligación de encargarse de la organización de la fiesta, administrar las limosnas que el Santo recoge y llevar a cabo la compra del magnífico cerdo que se ha de rifar cómo final de los festejos. El señor de San Antón, siempre es un hombre amable, cariñoso y cortés, que obsequia con copas de vinos licores y dulces a los que suben a saludarle a las habitaciones de la casa del capellán que ocupa ese día. A la hora de la comida se sirve a las autoridades previamente invitadas y a algunos amigos del señor de San Antón, el apetitoso arroz con costra, y, ni que decir tiene que, autoridades y amigos del canónigo sufren por la tarde los ardores y molestias de una pesada y trabajosa digestión.

Después de celebrarse la misa solemne con que se obsequia al santo, no cesa ni un momento el desfile de visitantes por la ermita, donde después de rezar una oración, dar una limosna y recoger unos rollos de pasta dura para los perros y caballos que al comerlos están libres todo el año de una enfermedad, compran las bolas, el turrón de panizo y el palmito, y si hay niños en la familia, las pelotas del tío Paco y los globos de goma de colores. Pero la animación llega al máximo convirtiéndose en verdadera aglomeración, por la tarde, en que una multitud trajinante y bulliciosa acude por todos los senderos y caminos cantando alegremente y con ganas de jarana. Los más adelantados traen las comidas de sus casas, terminándola de condimentar en el monte sobre tres piedras qué sirven de hornillo; y con gran algarabía, chistes, bromas y la bota del vino casi siempre en alto, pasan unas horas de expansión en un ambiente familiar aromatizado por los romeros y tomillos del monte y alegrado por las notas vibrantes y melodiosas de una guitarra.

Una banda de música toca en un extremo de la explanada, y la chiquillería, juega, corre, grita gozando de la fiesta en la plenitud de su esplendor. Los novios invitan a las novias y los galanteadores a la mujer que desean conquistar a un cartucho lleno de bolas de San Antón que se llama la pesada; bolas dulzonas, coloreadas de amarillo y encarnado, que los novios y las novias chupan relamiéndose los labios, tal vez porque piensan en las dulzuras del primer beso.

El ir y venir de los carruajes llevando gente a la fiesta es extraordinario en las horas de la tarde, presentando el paseo de la Puerta Nueva, la calle del colegio, el trozo de la carretera comprendido entre la Olma y los baños de la Cubé y ancho camino que llega hasta la ermita, una gran animación. Algunos mozos de la huerta majamente vestidos y cabalgando un brioso corcel, lucen su garbo orgullosos de sí mismos y del caballo que montan creyendo que no hay en toda la huerta otro mejor.

Este día es tradición para algunas familias, acudir a los baños de San Antón, para pedir un vaso de agua.

Estos baños, que llevan el nombre del santo patrón de la ermita vecina, son famosos y no tanto como debieran serlo, porque de la roca viva brota un manantial de rica y medicinal agua que la Naturaleza dotó de virtudes saludables y contraria a muchos males y achaques...

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS

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