miércoles, 14 de septiembre de 2016

FICCIÓN: Lugares Malditos de Orihuela: 1. La Llamada


Se hablaba a comienzos del siglo XX, de un lugar maldito de Orihuela en donde habían perecido ahogados en el río una alarmante cantidad de gente.

Aparentemente, un lugar apacible, un hermoso y bonito lugar a orillas del río.

Nadie se explicaba, qué es lo que hacía que en este sitio, varios oriolanos se hubiesen adentrado en las aguas mansas y cristalinas y se hubiesen dejado engullir por la corriente.

Algunos lo llamaban la playa del río.

Imponente y como queriendo dejar una eterna advertencia que permaneciera para siempre, se erguía no hace mucho tiempo, una cruz conocida como La Cruz del Río que resaltaba sobre el entorno como aviso de peligro para todas aquellas futuras víctimas.

Curiosamente, junto a ella, acudían las lavanderas para lavar la ropa.

Este sitio sigue siendo actualmente un lugar que todo el que pasa y se le ocurre echar un vistazo fijamente, es impulsado a cometer un acto terrible.

Como hipnotizados, los que se han atrevido a mirar a esta parte de la orilla, y han sobrevivido, me comentan que sintieron un extraño impulso de dejarse llevar, de saltar hacia las aguas.

“También sentí eso, como si el rio en esa zona me atrajera y era como si me dijeran tírate al agua venga. En vez de sentir vértigo.” (18/10/2016)

A partir de ahora lo llamaremos La Llamada. Y les advierto que es muy peligroso dejarse llevar por sus encantos.

Para que nadie cometa el error de acercarse y echar un vistazo, les diré por donde está.

Jamás deberán acercarse a la parte del río que transcurre junto a Ociopía.

Toda esa zona está encantada y prueba de ello es este relato que a continuación les voy a transmitir.

Un caso bien documentado por la prensa oriolana de principios de siglo que he recogido literalmente:

...

Habían salido de Lubrín (Almería) e iban por esos caminos aguantando las horas del estío, animosos de encontrar, al término de la jornada, en Jumilla o Yecla, ocupación en las faenas de la próxima vendimia.

Eran pobres y no podían permitirse el lujo de viajar en ferrocarril.

El matrimonio, con los pequeños, emprendieron su penosa peregrinación, procurándose el alimento para ellos y para los hijos con la limosna que solicitaban en las casa de labor y en las ciudades del tránsito.

Así llegaron a las proximidades de Orihuela en las últimas horas de la mañana.

Acamparon a orillas del río cobijados a la sombra de un árbol.

Se proponían comer para seguir después la interrumpida marcha.

¡¡¡Nunca que lo hubieran hecho!!!

La tierra caldeada despedía un polvillo que ahogaba.

El marido bajó a la orilla a buscar unas cañas secas para hacer fuego.

Vio el río deslizarse manso, fresco, incitante…

Al poco rato bajó la mujer temerosa por la tardanza de su compañero.

Aterrorizada vio las ropas extendidas por el suelo y, en la misma arena, se conservaban impresas las pisadas de aquel que se perdían en el agua.

No había duda, la gran desgracia se había consumado.

Gritó la mujer, y sus gritos se perdieron con lo suaves murmullos de las hojas de los árboles y de la corriente del río.

Nos hacemos cargo de la desesperación de aquella joven madre, sola con dos pedazos de sus entrañas a su lado, en país desconocido; por casa, el camino; por techo, el cielo; por consuelo, el lloro desgarrador de los niños reclamando pan, y allí bajo, las aguas verduzcas, el sostén único, el fuerte derribado para siempre.

Después… lo previsto: se busca y se encuentra al ahogado por manos hábiles de nadadores prácticos en el terreno, la justicia que se lleva el cadáver al depósito de autopsias; y la desconsolada familia quedó sola, con su dolor, junto al árbol, a la vista del río que les enviaba los ecos de su lúgubre y eterna cantata.

José María Sarabia, el periodista, llegó allí por sus deberes de información.

El triste cuadro, llenó de compasión su alma.

Hizo una obra de caridad muy grande, sin medida.

Ofrecioles y aceptaron albergue los desdichados por aquella noche.

Aún hizo más:

Al día siguiente fue pidiendo limosna para la viuda y para los huerfanitos de puerta en puerta por la ciudad.

Las mujeres del pueblo acudían en grupos entregándole a la joven dinero y otras dádivas.

Fue un espectáculo emocionante, que puso muy alta la fama bien ganada de caritativa que tenía Orihuela.

La desdichada lloraba, llegando a querer besar las manos a nuestro compañero.

Dijo que el nombre de Orihuela, no se borraría de su memoria y que se lo haría recordar a sus hijos.

El hombre ahogado se llamaba Antonio Andreu, de 25 años, y su esposa, que por cierto muy agraciada, Isabel López Muñoz, de 20 años.

Antonio recibió sepultura en este cementerio a la caída de la tarde del sábado, ante nuestro referido compañero José María Sarabia.

Isabel, abrazó y besó locamente a su infortunado esposo antes de que cayera la primera paletada de la tierra que lo cubriría.

Terminado el acto, la viuda y sus hijitos, regresaron en tren a su pueblo natal.

Ocurrió el 3 de agosto de 1909.


Antes


Después


FUENTE:

EL DIARIO nº 402, 6 Agosto de 1906.

IMPORTANTE:Por favor. Todos los lugares que aparecen en mi Blog son muy peligrosos. Están en ruinas y a punto de desplomarse o tienen un acceso con mucho peligro. No quiero que nadie se acerque nunca a uno de ellos. Podéis ver las fotos que acompañan cada entrada. Y si algún día pasáis junto alguno de los sitios mentados, miradlo de lejos. POR VUESTRA SEGURIDAD.

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