martes, 15 de diciembre de 2015

Orihuela misteriosa. LA DIABLESA Masónica

1958
Este es el famoso documento en el que se basaron los investigadores de MILENIO 3 el año 2014 cuando hablaron en antena de uno de los misterios más mediáticos que tenemos en nuestra querida ciudad.




DIcho documento fue publicado en la revista pro nuevo paso de la Cofradía del Perdón de Orihuela en diciembre de ese mismo año.


            La sintomatología heterodoxa de La Diablesa es demasiado evidente como para escapar aún hoy de nuestra curiosidad sin que intentemos indagar en las causas que motivaron la génesis creativa de este conjunto escultórico y en su sentido: en el significado oculto que se esconde tras la apariencia). Con sólo contemplar la inquietante figura de ese ser manifiesta­mente andrógino (parte hombre, parte mujer; entre humano y animal; terrenal e infernal a la vez) surge una expectación que pone en duda o, al menos, permite sospechar que su autor, Nicolás de Bussy (1650 - 1706), en torno a 1694 - 1695 pretendió esbozar algo más; quizás entre guiños y pistas dejó traslucir una secuela de su ilustración filosófica (y teológica) para que los iniciados en su ciencia artística y en su corriente de pensamiento valoraran la valentía de un atrevimiento tal como el de someter las formas cristianas a otra retórica, como alegoría de unas creencias profanas.

Pero es difícil Contentar a todos: a los creyentes en Dios Padre y su Hijo Jesucristo y a los crédulos en las leyes de la naturaleza a través de la alquimia. Mas la sabiduría popular fue intuitiva: a los piadosos labradores de la Orihuela del XVII y a sus rectores eclesiásticos no les convencieron las formas externas, aunque ignoraron las funciones alegóricas soterradas de un complejo quizás herético. Por ello nunca se permitió la entrada de La Diablesa -ni se permite hoy- al recinto sagrado de la iglesia. (De haber captado el sentido profundo o el tras-fondo de las figuras esculpidas -de ser acertada la hipótesis que refundimos- quizás se hubiera anatematizado sin paliativos).

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            La explicación sencilla desde la ortodoxia cristiana de La Cruz de labradores obedece al "triunfo de la Cruz sobre el Mundo, Muerte, Demonio y Carne", según reza el cartel que identifica este "paso" de nuestra Semana Mayor en el Museo Oriolano de Semana Santa (sito en la antigua iglesia de la Merced)[i]. Apréciese cómo a los tradicionales (ortodoxos) enemigos del alma -Mundo, Demonio y Carne- se les suma la Muerte; la fusión en maldita simbiosis de carne y demonio en una Diablesa (tan gesticulante, lasciva e intencionadamente ambigua con cara de fraile y chivo al unísono, tonsurado y cornudo a la vez, atormentado y libidinoso en suma), como explicación habitual y la incorporación a idéntico nivel de expresión del esqueleto (la Muerte) -lo que secularmente debía haber sido la propia carne- nos sorprende y nos sobrecoge. (En el Auto Sacramental de Miguel Hernández el Demonio toma apariencia de chivo -macho- y la Carne de mujer provocativa). Todo ello nos invita a recoger otra formulación explicativa de sus componentes y sus relaciones (en la línea de T. y M. Martínez Blasco, cuya hipótesis interpretativa adaptamos) que haga transparente la gran expresividad que se focaliza en la figura emblemática de la Diablesa.

            Es posible que hubieran sido tan sólo las señas de identidad sexual, masculinas y femeninas, de la Diablesa o la propia aparición de este atormentado Lucifer las que impidieran su entrada en los templos católicos...: otras victorias sobre dragones y monstruos de los infiernos, empero, hay hermosamente retratadas en cuadros en el propio Museo Catedralicio de Orihuela (como el magnífico San Miguel de Pablo de San Leocadio[ii], de hacia 1480), y con­creciones de Vírgenes mártires que exhiben -eso sí, pulcramente- sus senos.

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            N. de Bussy había nacido en Estrasburgo, sobre 1650. Ésta ciudad de origen germánico (en la actual Francia) se hallaba próxima a la cuna donde bullían ideas heréticas lejanas a Roma e inmersa a la vez en una tradición medieval de hondas raíces profanas emanadas de la intenci6n de encontrar solución a los males de la existencia mundana del hombre: con la alquimia se desarrolla el arte quimérico y químico que procura la búsqueda de la Piedra Filosofal (la que convertirá artificialmente en oro todos los metales) y del Elixir de la eterna juventud, esto es, domeñar el tiempo y conseguir riquezas para disfrutar de la vida. Además de esta faceta de laboratorio hubo una rama dentro de los adeptos a estas ideas y pesquisas (es decir de que la felicidad eterna era terrenal y el sentido de la vida del hombre consistía en investigar y sufrir hasta alcanzar el éxito de su descubrimiento y gozar eternamente): esta facción de "alquimistas místicos", al ser especialmente del oficio de la cantería y de la albañilería (albañil en francés es “maçon”) recibirá el nombre de lo que poco después se conocerá en Francia como una secta, la francmasonería (palabra procedente de la deformaci6n de la voz inglesa 'freeston mason' -tallista de piedra calcárea para esculpir- luego “fremason" y en Francia 'francmaçon'). La majestuosa catedral de Estrasburgo contiene numerosas mani­festaciones de esta tradición con vírgenes locas y elogios magnificados de ciertas prácticas y motivos alquimistas.

            En realidad los francmasones de la rama mística como N. de Bussy fueron seguramente unos idealistas de la perfecci6n que anhelaban en la tierra, en el mundo de los vivos más que en el de los muertos. (Frente a la concepción mitológica clásica -pagana- del Elíseo o del cielo cristiano, ya para los muertos ya para el alama respectivamente). A los alquimistas la purificación de la materia (lo que para los cristianos sería la purificación del cuerpo) les conduce a la búsqueda de la pureza inmaculada del más noble material, el oro (o la piedra filosofal que todo lo convertiría en oro; algo así como aquel frondoso jardín de las Hespérides que cosechaba manzanas de oro); esa perfección material equivalía en los alquimistas místicos a la liberaci6n del alma, 'el volar tan alto hasta dar a la caza alcance tras un ardoroso lance' de sufrimiento, sacrificio y marginación en una sociedad que poco necesitaba para anatematizar y tachar a algunos de antipapistas o luteranos.

            Pensó el científico de la época -y el artista- que el hombre podía ser el creador de la felicidad, el dueño y señor de la vida sin tener que esperar o confiar en el más allá; creó una necesidad -la inmortalidad- y confió en poder saborearla en el mundo de los sentidos. En una sociedad de rígidas normas y de severas persecuciones religiosas resultaba una osadía hacer partícipes a los demás de los pensamientos propios, en especial si se apartaban -aunque un ápice- de lo Católico, apostólico y Romano. (Se bautizó esta filosofía con el nombre de 'hermética' en homenaje a Hermes el dios pagano de las Ciencias).

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            Con La Diablesa se rompen los moldes de la imaginería religiosa española; un aire de cierta iconografía hermética se vislumbra debajo de la alegoría ortodoxa del triunfo de la Cruz: y es que ese lenguaje esotérico (resultado de la interrelación de medicina, experimentaci6n química, moral, especulaciones filosóficas y ritos) supone en sí solo una (manifestación de) creencia sino también una ascesis o una técnica de salvación: el hombre que buscara la perfecci6n de lo material (a través de la alquimia o del arte) moriría con su espíritu sosegado por haber colaborado en el proceso que llevaría al género humano a conseguir el éxito de la Piedra Filosofal y/o del Elixir de la eterna vida.

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La Diablesa es un conjunto escultórico de madera, policromado, de algo menos de tres metros de altura (teniendo en cuanta que la cruz que domina ocupa la mitad aproximadamente del alzado total).


Sobre una base de madera, a modo de humus o tierra fecundada y fecundante, descansan dos figuras antropomórficas: un esqueleto, cuyo color hueso -blanquecino- contrasta con el de la segunda figura, la diablesa, marrón oscuro; ambos personajes -sentados- se entrelazan en posici6n frontal y actitud ambiguamente libidinosa. El esqueleto reposa sobre un reloj mientras la diablesa apoya su codo izquierdo en un libro abierto y tiene asida una manzana en su mano derecha tras la cabeza; un enorme sexo animal y un rostro espeluznante bestializan a este híbrido y enigmático ser que posee senos femeninos, cuernos y alas. Del punto de conexión entre esta­dos imágenes brota un gran globo terráqueo abarcado por dos cintas/arcos de color oro; mar azul y continentes cobrizos son rodeados, en su parte superior por unas nubes plateadas y algodonosas que acogen un coro de angelitos en derredor: seis de ellos, de cuerpo entero, exhiben instrumentos de la Pasión de Cristo mientras ocho más sólo asoman con sus rostros. De las nubes, en perfecto equilibrio y simetría, se yergue una cruz negra con velorios blancos (sin la efigie de Cristo).

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