viernes, 28 de abril de 2017

La terrible y macabra Sentencia de Muerte del Reo Joaquín San Jaime




EL CRIMEN DE COX

Uno de los últimos reos condenados a muerte a garrote vil en nuestra comarca fue Joaquín San Jaime.

Vecino natural de Concentaina y que contaba con una edad de 19 años.

Fue sentenciado por la Audiencia de lo criminal de Alicante a sufrir la pena a garrote vil ante la presencia de treinta y cuatro testigos.


Según la versión popular, se asegura que los dos sicarios se prestaron para cometer el crimen por “Treinta duros y una cena de camarrojas”. La ejecución se llevaría a cabo en Cox, la misma ciudad en donde se habían producido los acontecimientos que desembocarían en su captura.

El 10 de febrero del año 1888 a las ocho de la mañana, este joven, supuestamente, había asesinado a Manuel Lucas Rocamora que andaba por las afueras del pueblo en el sitio conocido como El Cabezo.

Dos sujetos desconocidos se le acercaron pidiéndole fuego. El Sr. Lucas se detuvo concediéndoles el deseo y luego siguió su camino.

Uno de los desconocidos lo acometió bruscamente por la espalda disparándole a quemarropa dos tiros sucesivos que le hicieron caer al suelo bañado de sangre. Y poco después muriendo.

Fueron detenidos cuatro sujetos de los que haré una relación:

Manuel Navarrete Grau, 28 años, casado, natural de Cox, jornalero y actualmente alguacil del ayuntamiento. Joven de aspecto simpático, color moreno claro, estatura mediana y de grueso lo normal.

José Gambin Sánchez, 25 años, casado, natural de Cox, actualmente guardia municipal. Moreno claro y de menor estatura que el anterior. No tiene aspecto de delincuente.

José López Insa, 38 años, casado, natural de Onteniense, jornalero robusto, moreno y de estatura alta. Con aspecto de criminal.

Joaquín San Jaime, expósito, 19 años, soltero, natural de Aljemesí (Valencia). Estatura regular, ojos de mirada penetrante, alegre y vivaracho.

Los cuatro fueron declarados culpables y condenados a muerte. San Jaime y López Insa como autores materiales. Gambin y Navarrete como inductores.

Ante las preguntas del presidente del tribunal San Jaime declaró:

“La pistola es mía y no se la había dejado a nadie. Me encontraba en esos momentos en estado de embriaguez cuando se me disparó sin saber por lo pronto si había herido a alguien. No conozco al muerto, no le había visto nunca”.
Las fuerzas de tropa de línea que se encargaron de su custodia estaban comandadas por el capitán de infantería D. Evaristo Pardines y reforzadas con un grupo de Guardias Civiles.

Fue llevado a Cox durante la tarde del jueves a las 7 de la tarde noche.

Permaneció allí hasta que se le comunicó la sentencia al día siguiente a las nueve de la mañana por el Juzgado de Instrucción de Dolores siendo el encargado de leerla el Sr. Secretario D. Enrique Tormo.

Las palabras que dijo el acusado: “Lo único que siento es que no paguen la misma pena los otros tres compañeros huidos” viene dadas por la fuga que estos habían realizado antes del procesamiento de la cárcel de Alicante.

Inmediatamente se le llevó hacia la capilla improvisada en un cuarto bajo de la Casa Consistorial, habitación de tres metros cuadrados que se había preparado para la ocasión colocando junto a la puerta un altar con seis cirios a cuyos tibios resplandores se ve una modesta imagen de la Virgen de los Dolores y un Crucifijo. En el fondo de la habitación, colocado un sillón, y próximo a él un lecho.


El ayuntamiento y cárcel estaba en la calle de las Eras (hoy Vicente Aleixandre) esquina a la plaza de San Juán y Rodeo.
Cuentan los periódicos de la época que el joven recibió la noticia de su ejecución con cierto aire sereno, desafiante, sin variar su color en lo más mínimo.

Y así estuvo durante buen rato hasta que hicieron ademán de introducirlo en la capilla.

En esos momentos, le falló el aplomo con que había hecho gala hasta entonces.

Tuvo que ser asistido por el canónigo de nuestra Sta. Iglesia Catedral D. Florentino Zarandona y el Rdo. capuchino Fray Ireneo que de forma voluntaria se ofrecieron para el consuelo del que iba a ser ajusticiado.

Un baño de lágrimas surcó sus ojos.

No imaginaba la pobre criatura el padecimiento que aún le quedaba por sufrir.

Las horas siguientes las pasó un poco más calmado sin mucho apetito tras engullir de almuerzo a las doce unas chuletas asadas hasta llegar a la noche antes de la ejecución en donde se le proporcionó un poco de alimento que no le supuso ningún malestar angustioso.

A las cuatro de la tarde rezó con los sacerdotes la oración del Rosario.

A las cinco de la tarde comió un mantecado y una copa de aguardiente.

A las seis recibió la visita de un redactor del Diario de Orihuela que pudo contemplar al reo sentado en el sillón con la escasa luz de los cirios esposado y ostentando en su pecho el escapulario de la Virgen del Carmen con la mirada perdida y un tinte de tristeza en su semblante.

La blusa que antes vestía había sido sustituida por una chaqueta de paño negro, con un pañuelo por corbata y llevando además como el día anterior chaleco de color oscuro, pantalón azul de algodón y alpargatas.

Esta fue la corta entrevista que entablaron mientras el corresponsal le tendía un cigarrillo:

- ¿Cómo va usted de ánimo?

- Bien, ya sé que no hay remedio… ¡Qué va uno a hacer…!

- Tenga conformidad y sobre todo no pierda la esperanza: aun todavía podría conseguirse gracia.


- No la espero.

- Al menos tenga confianza en Dios.

- En Dios… ¡ya!... ¿Quién sabe?...

- No desconfíe. El Todopoderoso tendrá en cuenta vuestro dolor y vuestro arrepentimiento.

- Ya veremos.


A las nueve de la noche se le sirvió al reo la cena que consistió en una sopa de la que tomó unas cucharadas y cuatro chuletas de cerdo que comió con gran apetito. Después se le sirvieron mantecados, naranjas y aguardiente.

El Sr. Juez Instructor le concedió un cigarro. Al que le regaló estas palabras:

“Si hubiera estado tan bien alimentado como hoy, mañana subiría al patíbulo grueso y de buen color, pero con el rancho de las cárceles he enflaquecido contra mi voluntad”.
Al preguntarle otra vez sobre el estado de su ánimo, repuso:

“Quiero demostrar que ningún valenciano sube con miedo al cadalso”.
Después, abandonando su jovialidad, comenzó a lamentarse de la educación que había recibido exclamando:

“Mi desgracia viene de mi mala educación; nunca se debe perdonar ninguna falta a los hijos, antes al contrario, es muy útil castigarlos para corregirlos, evitando de este modo que lleguen a verse en la situación en que me encuentro”.
A las diez y cuarto de la noche el reportero volvió a la capilla para entablar unas últimas palabras con el acusado y esto es lo que le dijo:

“Mañana por la tarde estarán ustedes en sus casa descansando y yo también, pues ya estaré en la fosa.
Poco después quedaba el reo dormido profundamente, hasta las cuatro menos cuarto que fue despertado por el canónigo Sr. Zarandona.

A las cuatro celebró el P. Ireneo el Santo Sacrificio de la Misa, la que escuchó san Jaime con manifiesta devoción.

Poco después celebró el Sr. Zarandona dándole la sagrada Comunión, que recibió el reo con gran recogimiento.

A las cinco y media lo dejaron solo con los sacerdotes en la capilla. Fueron interrumpidos por el doctor Sr. Bernal, titular de Catral que manifestó no haber notado nada de decaimiento ni ningún tipo de alteración.

Su cuadro clínico era de 76 pulsaciones por minuto y temperatura normal entre las ocho de la noche del día anterior hasta las siete de la mañana.

A partir de las ocho se observó en el paciente un aumento de las pulsaciones que pasaron a 104 por minuto.

A eso de las siete y media de la mañana apareció por la capilla el ejecutor de la justicia, Hermenegildo Agüero Marcos, natural de Valencia, 31 años, estatura regular, enjuto en carnes, moreno, ojos pardos y su rostro vulgar luce bigote y perilla; llevaba en la mano la hopa, unas correas y unos zapatos negros. Acto seguido se acercó al reo y le pidió perdón por lo que estaba a punto de hacer en esta pretendida sexta ejecución. (Un periódico de Valencia aseguró que venía a hacer su debut en esta población).

El reo le contestó que le perdonaba y ambos se dieron un beso.

Olvidando que pocas horas antes nadie en el pueblo ha querido darle hospedaje y que ha tenido que recurrir a una habitación que le ha cedido la Casa Consistorial.

A continuación le vistió la hopa mientras San Jaime exclamaba:

“Dios perdone al verdugo, pues él no me mata”.
Y a continuación añadió:

“Tened misericordia de mis pobres hermanas… ¡Desgraciadas!... Yo que era su único sostén voy a morir, y esos pobres ángeles van a quedar abandonados. Por Dios, señores, tened misericordia de esas pobres infelices que quedan a solas en el mundo. Protegedlas”.
Después pidió perdón justo antes de abandonar la capilla a todos los presentes.

Eran miles lo que se acercaron a contemplar la ejecución que estaba a punto de realizarse en la plaza que daba acceso a la prisión.

A las 8:45 de la mañana del 23 de Febrero de 1889 la puerta de la cárcel se abrió y ante todos se mostró el malhechor San Jaime.

Fue subido a un carro que lo condujo hasta el pie del patíbulo que aguardaba custodiado por fuerzas de la Guardia Civil. Un escaso recorrido de apenas 400 metros.

Precediendo al reo, un individuo de sobra conocido por sus vecinos que pertenecía a la hermandad de la escuela de Cristo que sostenía en sus manos de forma alzada un crucifijo.

La gente se agolpaba entorpeciendo el paso de la comitiva.

Las campanas de la parroquia empezaron a entonar una rítmica y siniestra melodía (a tenor de lo que estaba a punto de ocurrir) con una triste sonata que doblaba por el alma del hombre que muy pronto dejaría de estar vivo.

El carro llegó al patíbulo, situado en la planicie al poniente del pueblo y de la carretera y el reo puso los pies en tierra con una palidez y abatimiento que cubrían su rostro de manera maldiciente.

Durante ese breve trayecto gritó a algunas mujeres que lloraban que no hicieran tal cosa pues él no se sentía abandonado por el valor.

Empezó a subir las gradas del patíbulo y sus piernas que parecían seguras le fallaron haciéndole tropezar y a punto estuvo de caer.

Las hábiles manos de los sacerdotes que le acompañaban evitaron la caída.

Antes de sentarse en el banquillo, dirigió la palabra a aquel mar de cabezas humanas que bajo sus pies bullían, dijo:

“Noble pueblo español, hermanos míos… esta vida es un segundo, es perecedera…, me precio de ser hijo noble español. Sé que voy a morir en breves instantes… por el amor que os profeso os ruego… que no os veáis jamás en el suplicio en que me veo… tomad mi ejemplo, esta vida es un tris, ya no podré defender a mi patria. ¿Me perdonáis todos los que os halláis aquí presentes?”
Todos los espectadores se sintieron emocionados por aquellas tristes palabras y respondieron al unísono entre sollozos: “Sí, Sí.”

Acto después, se sentó en el banquillo y repitió las palabras que componían una oración que el señor Canónigo Zarandona le susurraba al oído.

Llegó el último momento entre la vida y la muerte. Le colocaron un pañuelo blanco o sudario tapándole el rostro.

El acto final de la ejecución dio comienzo y el reo se puso a recitar una oración final, un “Credo” que al llegar hasta la parte den donde se dice: “Su único Hijo”, sus labios fueron acallados para siempre por una muerte espantosa que ninguno de los que en esa época vivieron pudieron olvidar jamás.

Resultó que el verdugo era primerizo en sus labores y cometió una serie de imprudencias que hicieron que el dolor, el sufrimiento y la agonía de aquel cautivo llegaran hasta límites insospechados.

Fue un cuadro tan horroroso, que nos negamos a repetir en esta publicación que hasta el propio Juez del partido, el señor Gironés tomó cartas en el asunto y le dio una reprimenda enorme al ajusticiador. 



LA LEYENDA:

Si queréis ser testigos de algo prohibido, acudid a las postrimerías de ese lugar a altas horas de la madrugada, cuando las sombras se hacen amenazantes, cuando los rayos de la luna apenas llegan a alcanzar el suelo.

A lo mejor, y digo solo a lo mejor, escucharéis el llanto agónico de dolor de un joven torturado por las incapaces manos de un verdugo inepto.

La ejecución tuvo lugar en las afueras de Cox, el 23 de febrero de 1889, paraje de “La Tejera”, hoy calle Gabriel Miró.

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