viernes, 22 de julio de 2016

Leyendas de Rojales: La Aparecida



Es la historia de una joven que acudía de visita a ver a sus padres y para ello, para ganar tiempo se metió por la huerta.

A medio camino se topó con una cabra en el bancal y se dijo:

-         ¡Qué desdicha que esa cabra morirá si la dejo comer de esa hierba tierna!

Se dirigió hacia el animalico y al llegar a su altura vio como se convertía la cabra en persona y que esta se parecía a una prima que había fallecido hacía ya unos años.

El miedo le entró en el cuerpo y salió corriendo y no paró hasta llegar a casa de sus padres.

Estos la consolaron y le dijeron que eso no podía ser. Y la obligaron a quedarse aquella noche con ellos en la casa.

Pero el susto no se le iba del cuerpo y se quedó varios días más.

La primera noche que se atrevió a ir al aljibe para sacar agua se le volvió a aparecer la prima.

Entonces sus padres le dieron un consejo a la aterrorizada muchacha.

-         Si la vuelves a ver, has de intentar hablar con ella.

Pasaron los días y la prima volvió a aparecérsele y le dirigió estas palabras:

-         Soy el espíritu de tu prima que vaga por estos lares y que no descansaré hasta que me cumplas la promesa, que mi marido Eloy vaya a ponerme dos velas ante el Santo Cristo de la Campana. Y tú, deberás llevarme un año de luto, pues es algo que prometí a mi Señor si mi hermano volvía entero de la guerra y no lo pude cumplir.


Y dicho esto, desapareció dejando a la chica en un estado de shock del que le costó reponerse.

Al día siguiente, animada por sus padres acudió a visitar a Eloy para contarle lo ocurrido y que cumplimentara su promesa.

Y ella se vistió de luto. Incluso con un pañuelo negro se rodeó el cuello.

Pero los rumores y habladurías empezaron a llegar por todas partes y algunos ya pensaban que la chica estaba loca.

Así que una noche salió a llamar a su prima y esta se le volvió a aparecer

-         Prima, dame una prueba que todos me creen loca.

Y la aparecida le puso la mano en el pañuelo y la dejó imprenta.

Al día siguiente, la joven enseñó a sus paisanos el pañuelo con la marca de la muerta pero aún así no la creyeron y le dijeron que eso era una mancha de lavado.

Acudieron al cura para que este le diera un escarmiento y al obligarla a enseñarle el pañuelo al párroco no encontró señales de fraude.

Cada día ocurría rara una cosa.

En una ocasión, entraron unos hombres a su casa a pedirle agua y esta les dijo que pasaran y que cogieran del cántaro que estaba al fondo.

Cuando los visitantes llegaron a la estancia del fondo vieron un cántaro que se movía solo y salieron de allí espantados.

En otra ocasión, se encontraba en la cama con su marido manteniendo una acalorada discusión porque él no veía con buenos ojos las historias que ella contaba.

A media noche, el marido creyó que era embrujado pues la cama levitó durante unos instantes.

Otro día, limpiando, del calor que tenía tuvo que quitarse el pañuelo y los que fueron testigos del suceso dicen que a su prima vieron sentada en una silla riñendo.

Para más INRI, el asiento de la silla cuentan que perdió el brillo.

Y así llegamos a que un año había pasado.

La Aparecida volvió para acudir con ella en su último día entre nosotros a la Iglesia.

Y todos la vieron sentada en uno de los bancos.

Luego se despidió y desapareció porque cumplida había sido la promesa del luto.

Así queda la historia de Rosario,
si de noche veía a su prima,
las malas gentes le pedían,
que visitara al boticario.


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