viernes, 27 de enero de 2017

Concurso Relatos de Terror: 1. "El Dibujante" de José A. Grau


Como cada noche, cogió su lápiz carbón B, de la marca Conte, y un cuaderno Frost que utilizaba para sus carboncillos. En aquel lugar encontraba la tranquilidad que no podía hallar en ningún otro sitio. El plano inclinado de cada uno de sus objetivos facilitaba su trabajo. Al estar tras un cristal, no podía tocar ni acercarse mucho hasta su inmortal futuro dibujo. Como cada noche, hacía un frío enorme, pero no parecía molestarle. Él seguía con su labor de inmortalizar en arte su propósito.
La madrugada siguiente, a la misma hora, volvió a clavarse frente al cristal. Esta vez, otro modelo le inspiraba, distinto al anterior. El lápiz Conte que portaba no había menguado de tamaño. Sus pies, helados, lo estaban menos que la noche anterior.
Y así sucedió la jornada siguiente. Los pies menos fríos, el lápiz igual y una nueva hoja en blanco. El modelo, distinto. Siempre jóvenes. Apenas podía ver el rostro.
De la noche siguiente recuerda mirar el reloj. La una y quince de la madrugada. Mucho frío.
La siguiente velada se percató que los administrativos que estaban en la entrada no levantaron la cabeza cuando entró al edificio y eligió la escalera de la derecha para subir a la sala superior. El frío iba menguando con los días. La punta del lápiz, no. “Qué buena compra”, pensó.
Ahora sí que estaba claro. Los vigilantes eran groseros, pues no le miraban. Esta vez, ni siquiera respondieron a su saludo. En la sala, siempre vacía, un fuerte olor a flores frescas, como cada noche había sucedido. Los pies helados, el lápiz exactamente igual que los días anteriores y nadie alrededor. Tras el cristal, siempre alguien nuevo. La hora, la de siempre, la una y cuarto.
Y llegó la siguiente noche donde, al sentarse, como cada noche, frente al cristal que le separaba de su objetivo, nada fue como antes. Tras el cristal vio algo que le llamó la atención profundamente. Echó un vistazo a su cuaderno, el mismo que los días anteriores, que se encontraba extrañamente sin estrenar. Al acercar su cara al cristal, vio el pelo, los ojos, la boca, las manos, la ropa, los zapatos, del cadáver que esta vez tenía enfrente. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Aquel cadáver era él. Miró el reloj, y era la una y cuarto de la madrugada.
La noche siguiente, cerró la puerta de su casa. Como de costumbre, miró su reloj antes de ir a hacer bocetos al tanatorio de su localidad, siempre de madrugada, para bocetear los cadáveres frescos de los difuntos recientes. Era la una y tres minutos de la madrugada. Arrancó el coche, metió primera y salió. Paró en el stop y giró a la derecha. Pronto, se incorporó a la carretera general que le llevaría al tanatorio. A lo lejos, veía unas luces largas acercarse cada vez más. Cada vez más cerca. Miró el reloj. El impacto fue brutal. Eran la una y cuarto de la madrugada.


José A. Grau


No hay comentarios:

Publicar un comentario