domingo, 4 de junio de 2017

Leyendas de Cartagena: La Cara de Cartagena


En la calle Sor Francisca Armendariz, pegado al colegio de La Milagrosa,

Donde hoy hay un solar, hace cuarenta años se elevaba un pequeño edificio que hacía las veces de hospedería.

La dueña se encargaba de acoger y asistir a los viajeros que imperaban de sus servicios en el descanso de sus largos viajes, como muchos marineros que se quedaban allí por tiempo indefinido, hasta que la mar les brindaba una nueva oportunidad con la que ejercer su profesión, y para acumular el dinero suficiente bien para sus juergas o bien para propósitos más nobles.

Esta señora tenía una hija que era inválida de nacimiento.

Los únicos divertimientos que podía permitirse dicha muchacha eran los de asomarse por un balcón hacia la calle que daba a Sor Francisca Armendariz desde donde podía contemplar a la perfección la salida de los niños que estudiaban en el colegio de La Milagrosa. O incluso el patio donde pasaban las horas de diversión en los recreos algunos de los niños.

Un día, llegó un marinero jubiloso, de buen carácter y amigo de todo el mundo que enseguida reparó en la niña y se hizo amigo de ella.

La vida de la niña, a pesar de su nuevo compañero, iba apagándose lentamente y así un triste día dejó de existir.

El hombre, muy afligido y desconsolado por la pérdida quiso hacerle un homenaje, una especie de tributo que sirviera para que todo el mundo la recordara tal como era.

Con una habilidad asombrosa dibujó el rostro de la niña en la pared del balcón hacia la parte de fuera.

Pasados ya unos años y con el marinero muy lejos de allí, la madre decidió borrar la cara.

Con un trapo húmedo y un poco de jabón alargó el brazo y lo pasó sobre la imagen.

Pero el trazo seguía intacto.

Viendo que no conseguía ningún resultado, decidió entonces, hacer un nuevo intento rascando la pared.

Ya con el trabajo terminado y con la satisfacción de ver la imagen borrada, la madre ya iniciaba su caminar hacia el interior de la vivienda cuando algo le llamó la atención.

No era posible que aquello estuviera sucediendo, pues ante sus propios ojos, aquella imagen que unos pocos segundos antes había desaparecido, volvía a estar tan fresca como en un principio.

No sabemos los intentos por hacer desaparecer aquel rostro mágico del balcón de la casa.

Lo cierto es que pasados unos años más, la vivienda fue dejada en abandono con la particularidad de que la cara seguía allí.

Con evidentes señales de rascado, incluso de haber pintado encima, pero la imagen de la niña permanecía intacta, con sus ojos penetrantes que parecían gozar con la visión de cualquier cosa viva que transitara delante de ella.

Así cuentan los testigos que antaño fueron niños y que con gran valentía se introdujeron en aquel caserón abandonado para retar a aquella expresión extraña que los seguía mirando desafiante.

Finalmente, el edificio fue demolido y con ello desapareció para siempre el Misterio de la Cara de Cartagena.




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