Ruta Sara Montiel


ITINERARIO de la RUTA:


1. Santuario de Monserrate. Para recordar las lágrimas apasionadas con las que Sara Montiel obsequió a la que consideraba su virgencica.

2. El Ayuntamiento, donde fue nombrada "Hija Adoptiva de Orihuela" y se le entregó la placa conmemorativa.


3. La Bodega: al principio de la calle del río, esquina al Puente de Poniente donde su padre tenía la bodega "El Farolillo Rojo".

4. Balcón en la calle Colón donde cantó la Saeta que llamó la atención del empresario que la lanzaría al estrellato.

5. Plaza Nueva donde una vez más, se emocionó y cantó ante un numeroso público en 1964.

6. La Casa donde vivió y las calles donde jugaba de niña hasta los 16 años.

7. Colegio Jesús María donde estudió y aún se conservan algunos documentos que lo prueban como sus notas.

8. Convento de la Trinidad donde protagonizó el momento más memorable de toda su vida.

9. La Plaza de Sara Montiel inaugurada por el ayuntamiento de Orihuela en el año 2013.



"Por tres veces lloré por mi Orihuelica del Señor".



El 10 de Marzo de 1928 nació una niña en Campo de Criptana (Ciudad Real) que fue bautizada con el nombre de María Antonia Aurelia Isidora Vicenta Josefa Abad Fernández. (Conocida mundialmente como Sara Montiel).



Sus orígenes fueron humildes al haber nacido en el seno de una familia de agricultores.

Tras la Guerra Civil, el asma que aquejaba a su padre les obligó a cambiar de aires estableciéndose en nuestra Orihuelica del Señor en donde abrieron una bodega.



Calle del Río años 60
Pero no crea que mi padre era un vendedor al por mayor, sino un hombre que vendía sólo para ir tirando, hasta tal punto, que mis hermanos y yo teníamos que cambiar botellas de vino por boniatos y coles para ayudar a casa.

Su casa estaba situada en el actual nº 3 de la calle del Bado. Habitaban el piso de arriba.




Ya desde pequeña, con tan sólo tres añitos caminaba junto a sus hermanas mayores Elpidia Isabel Abad y Ángeles Abad y Gómez de la Cueva por las calles de la ciudad en dirección a la escuela de Jesús María de San Agustín que aún conserva en sus archivos las notas de la actriz en su paso por Orihuela. (Allí, por veinte pesetas, recibió una educación mínima, casi nada ya que se basó su educación en la práctica de las labores domésticas.

En el colegio, las monjas en seguida se percataron de que esta niña de carácter rebelde y risa descarada y que engañaba a sus amiguitas con el pretexto de peinarlas para luego cortarles algún que otro mechón, era un regalo del cielo pues tenía una voz dulce que llenaba el alma. Casi la obligaron a meterse en el coro bajo la atenta mirada de Sor Leocadia.

Colegio Jesús María
Esas fueron sus primeras actuaciones ante el público oriolano que disfrutaba de canciones como "El pericón ranchero" o "La muñeca de trapo". En las fiestas del colegio siempre era la invitada de honor que era aplaudida para que las deleitase con su voz.

Durante el año 36, con tan solo ocho años, hizo una actuación en Orihuela para los heridos alojados en el Hospital de La Sangre (Convento de Capuchinos). Una canción flamenca por soleares.



Sus alegres años de colegiala los pasó arrancanado carteles de las salas de cine de Orihuela que se llevaba a casa y los colocaba a modo de decorado junto con sábanas para emular una función imaginaria en donde ella era la protagonista con su velo en la cabeza y con la lana de los cojines como atuendo.

Cada vez que sus padres se descuidaban la niña salía a la calle a cantar donde la gente formaba corrillos para admirarla.

No fui una niña ñoña, de lo cual me alegro infinito. Por eso, cuando una noche de Reyes mi hermano se disfrazó de rey Gaspar, le miré de la cabeza a los pies y le dije a mi madre: “Fíjate, mamá: el rey lleva los zapatos de mi hermano. Luego, al darme cuenta de que habían tratado de engañarme, organicé un berrinche que no quieran ustedes saber.

También tenía yo mi alma en mi almario. No era solamente una niña arisca y traviesa. Puede dar fe de ello lo que me ocurrió con aquel pobre gato al que quería tanto. Por el mes de enero se escapó de casa, y yo me quedé llorando. Un día alguien lo trajo a casa, pero muerto. Esto me llenó de tristeza. Organicé un entierro, metiéndolo antes en una caja pequeñita, sobre la que coloqué unas flores que yo misma recogí en el campo. Pocos días antes se había muerto una niña de la vecindad, amiga mía, y yo imitaba el entierro que había visto desde la ventana de mi casa.

No se me ha olvidado el día que regalaron el primer ramo de flores, que era tan grande que sobresalía por encima del lazo tieso que me ponía mi madre en lo alto de la cabeza. Me regalaron este ramo de flores monumental cuando canté “La muñeca de trapo”. Desde aquel día me llamaron en el pueblo así. Decían: “Ahí va la muñeca de trapo”.

Creo que fue en 1939 cuando canté una saeta en Orihuela. También cuando entraron allí las tropas nacionales intervine cantando en un fin de fiesta para recaudar fondos.

Poco después hice un viaje a Madrid. Venía a participar en un concurso organizado por Bobby Deglané, que se celebraba en el Retiro, patrocinado por Cifesa. Canté dos canciones y me llevé el primer premio.

Al entrar en la Gran Vía me maravilló ver tantos cines. Le dije a mi madre: “Mamá, fíjate cuántos cines hay en esta calle. ¡Aquí sí que se pueden ver todas las películas en un día!”.


ANTE LOS MICRÓFONOS

Gané el Concurso Infantil Retiro de Madrid, en 1942, interpretando “Morena de mi copla”.

Me vistieron con un traje de terciopelo negro, y al adelantarme hacia el público recuerdo que tropecé y me caí. Entonces, yo me levanté muy seria, como si eso de caerse fuese costumbre. Me sacudí las manos y canté mi cancioncita, la que me llevaba mejor sabida. Canté “La morena de mi copla”, aquello que dice: “Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena…”

Éramos treinta concursantes. Como se podrá ver, había mucha competencia.

-¿Cómo te llamas, niña? – me preguntó Bobby Deglané ante los micrófonos.

-María Antonia Abad Fernández –le respondí.

-¡Qué bonito nombre! ¡María Antonia! ¡Pero si tienes nombre de reina!

Luego me preguntó que de dónde era yo.

-De Campo de Criptana, pero vivo en Orihuela –le respondí.

-Muy bien, perfectamente. Aquí tenemos la más esperanzadora promesa artística de la provincia de Ciudad Real, donde tan buenos amigos conservo.

Avisaron a mi padre para que viniera a Madrid a firmar un contrato que me ofrecía la casa productora Cifesa, que consistía en costear durante un tiempo determinado los gastos de mis estudios en Madrid.

La subvención consistía en quinientas pesetas mensuales, que entonces era una cantidad bastante considerable. Me pusieron una institutriz para que me acompañase, ya que mi padre requería cuidados porque estaba algo enfermo. Mi madre, por eso, había tenido que volver a Orihuela.

Con aquellas quinientas pesetas de subvención me quedé en Madrid asistiendo al Conservatorio. Allí estudié declamación con doña Anita Martos, hija del ministro don Cristino Martos.


Esos ojos lo dicen todo
Cuenta la tradición oriolana que en el año 41, durante una procesión de Semana Santa, al paso del Cristo de la Caída, la niña cantó una bellísima saeta desde un balcón cercano a la Plaza Cubero que dejó los corazones encogidos de ternura.


Fue en uno de estos balcones
Se encontraba en ese momento asistiendo a nuestras celebraciones un famoso hombre de negocios llamado Vicente Casanova, uno de los dueños de la compañía cinematográfica Cifesa.
Cristo de la Caída
Este productor de cine y agente de publicidad quedó prendado de las virtudes de la niña y se acercó hasta la familia para mantener una conversación.

Nadie supo lo que se dijo aquella noche. Sin embargo, poco tiempo después, la niña comenzó a recibir clases de declamación y canto.

Con tan solo 16 años empezó su carrera artística que le llevó a recorrer España, Méjico y Hollywood.




Poco después, la joven apareció por primera vez en la gran pantalla en una película titulada "Te quiero para mí”, en la que intervino en un papel de protagonista secundario.

Aunque su primer papel importante no llegó hasta el 1948 en donde participó en la película de Juan de Orduña, “Locura de Amor”, coincidiendo con Fernando Rey y Aurora Bautista.




En 1964 regresó a Orihuela en un imponente Mercedes descapotable recorriendo el camino que trazara en su niñez desde el pueblo hasta la estación para bajar las pipas de vino que iba doblando pero esta vez, para recibir una calurosa bienvenida por aquellas que en su día la trataban con descortesía por pertenecer a una clase social menos pudiente.y con el propósito de recibir un homenaje.


La entrada a Orihuela fue precedida por motoristas que hacían sonar las sirenas. Destacaban los balcones con colgaduras en donde podía leerse: Orihuela a Sara Montiel".

En la mismísima puerta del Santuario de la Patrona de la ciudad, Nuestra Señora de Monserrate (El mismo lugar donde hizo su primera comunión) se realizó un acto de entrega de claveles rojos a la actriz para que se los ofertara a la Patrona. Entre vivas y aplausos y rodeada por todos aquellos que la vieron corretear por Orihuela aquel día rezó emocionada, de rodillas y entre lágrimas por última vez ante la virgen oriolana, su Virgencica.



Sara con su Virgencica
Todo el mundo la estrujaba, todas las que fueron sus amigas querían besarla… Pero al fin y duras penas pudo subir de nuevo al coche y emprender la marcha triunfal por las calles de Orihuela, rodeada de una multitud que dificultaba la marcha de la comitiva. 


En la Plaza Nueva
Dicen que la actriz, a la altura de la Plaza Nueva correspondió a las aclamaciones del público de Orihuela. Comenzó a cantar, y la canción se convirtió en un llanto emocionado. 

Cuando ésta entró en la plaza del Ayuntamiento, se produjo tal explosión de júbilo que Sarita, de pie en el coche, hubo de saludar durante minutos y minutos a todos los que le aclamaban.


En el salón de sesiones de la Casa Consistorial se encontraba el Ayuntamiento en pleno, que le dio la bienvenida, procediendo el alcalde Luis Fernando Cartagena a hacerle entrega de una sencilla placa con el nombramiento de hija adoptiva en agradecimiento a su colaboración desinteresada por los fondos recaudados en diversas funciones benéficas a favor de paliar los daños ocasionados por la riada que había asolado la Vega Baja.

Fue nombrada Hija Predilecta de Orihuela.



Desde el balcón de la casa consistorial salió a saludar a un numeroso grupo de personas que se agolpaban para ver una vez más a aquella que había llegado a lo más alto durante su carrera de artista iniciada en Orihuela.


Mientras María Antonia descansaba, un recadero se personó en el Ayuntamiento para entregarle una tarjeta. Esta tarjeta provenía de un convento de clausura: el de las Madres Dominicas, cuya priora, en nombre propio y en el de la comunidad, le pedía humildemente que, ante la imposibilidad de poderse sumar personalmente al homenaje, las visitara, ya que ‘en esta comunidad hay varias monjitas que te conocieron cuando tú eras pequeña y algunas de las cuales fueron compañeras tuyas de colegio y de juegos’.



Llorando y cantando emocionada a las monjitas
María Antonia no lo pensó más, y despidiéndose del alcalde y demás concejales, abandonó el edificio y se dirigió al convento.

Fue el acto, íntimo, emotivo e inolvidable, y que puede considerarse como el más sincero y el más valioso que jamás Sara Montiel haya protagonizado.


En el locutorio alto, y sin más testigos que el marido de María Antonia, don José Vicente Ramírez Olalla, y un periodista de Sábado Gráfico, Sara Montiel cantó para las dieciocho monjitas que se encontraban tras la doble hilera de rejas, ‘La Violetera’.

"Por vez primera aquellas dieciocho monjitas no eran extras de cine, sino auténticas monjitas; las rejas no eran un decorado de madera y cartón, sino de hierro, y Sara Montiel, por una vez, no fue Sara Montiel, sino la humilde María Antonia Abad, aunque vistiera un impresionante abrigo de visón blanco y en sus dedos, que aprisionaban nerviosamente los hierros de la clausura, luciera un brillante de tres millones y medio de pesetas.

Yo, que me encontraba muy cerca, puede apreciar que para la famosa estrella en aquel momento no importaba nada que no fueran aquellas monjitas también vestidas de blanco que escuchaban los compases de ‘La Violetera’. Cuando la canción terminó, en los ojos de María Antonia había lágrimas que estropeaban su maquillaje, mientras que las monjitas aplaudían emocionadas. Puedo decir que jamás Sara Montiel cantó como lo hizo en aquel momento…
Antes de despedirme, Sarita Montiel introdujo su mano por los hierros de la clausura y entregó un buen puñado de billetes de los ‘verdes’ a la priora del convento…
Aquello coronaba una visita que bien puede llamarse ‘la visita del amor’."

JAIME PEÑAFIEL 1965 



La última vez que visitó de manera oficial Orihuela fue en año 2004, un antiguo amigo de la infancia la esperaba para terminar una emocionante partida de Cos-Cos (Rayuela) que habían dejado a medio.


Su hermana Elpidia también era visitadora asidua de sus antiguos amigos de la calle de la Acequia.
 


Concedió una entrevista al canal de televisión local Tele Orihuela en la Plaza Nueva, visitó a sus antiguos vecinos para llenarse de emotivos besos y abrazos con aquellos con los que compartió agradables momentos de su niñez recorriendo callejones y terraos,

Realizó un concurrido recorrido por las calles de la ciudad en compañía de conocidos y amigos de la infancia hasta llegar a la casa de Miguel Hernández.

E incluso hizo tuvo tiempo para entrar a una de las joyerías más conocidas de la calle San Pascual.

Su muerte ocurrió cumplidos los 85 años en Madrid.

Orihuela cuenta desde el 2013 con una plaza dedicada a su memoria.





ANÉCDOTAS

Uno de los hermanos de Sara, el único varón que se conoce murió y fue enterrado en el cementerio local de Orihuela.

Esta es una de sus frases célebres: "Ese señor del bigote no tiene ni medio polvo" refiriéndose a Aznar en 1993.

Fruto de su amistad con Ernest Hemingway aprendió a fumar puros. Uno de sus temas más conocidos como cantante se llamaba "Fumando espero".


Según aseguró en una entrevista, cuando empezó a actuar en el mundo del cine, casi no sabía leer ni escribir y tenía que ir memorizando de oído los guiones que otro le susurraba. 

En Hollywood Sara era considerada una magnífica anfitriona, capaz de saciar con sus suculentas comidas al paladar más exigente.

Vivía a unas casas más abajo de Audrey Hepburn. Visitada aiduamente por Greta Garbo y Marlon Brando del que Sara descubría su debilidad: "Él me enseñó el desayuno tejano y le hablé de los huevos a la manchega que hacía yo y, sin más, se presentó a las siete de la mañana en casa para probarlos".

Esta mujer mezclaba en su sangre las dos razas, aquella heredada directamente de su bisabuelo “El Quijote” y la de aquí, la nuestra, la de la “Armengola” Oriolana.
Como fruto de esta explosiva mezcla, cuentan los que más saben sobre ella que un día, durante una comida en Nueva York en el famoso restaurante Four Seasons, Sara se puso como loca armando un escándalo y tirando los platos al suelo por causa de la negativa de dejar entrar a su amiga la cantante de jazz, mujer de color, Billie Holiday.

Esta era nuestra Sara, la mujer que desafió a la muerte el 30 de septiembre de 1955.

Ese día, James Dean estaba rodando “Gigante”, una de las tres películas que dejó para la posteridad, y en un plató cercano estaba Sara Montiel trabajando en Serenade, con Anthony Mann como director, que acabaría siendo esposo de nuestra protagonista.

La última foto de la que se tiene constancia de James Dean con vida, aparece junto a la actriz española. 



El día del incidente, cuando Dean perdió la vida y comenzó a ser un mito, ella debía haberle acompañado en aquel Porsche maldito*. Habían proyectado hacer aquel viaje juntos, pero un compromiso profesional de última hora hizo que finalmente Sara Montiel no pudiera acompañar a James Dean.

Quizás si aquel plan se hubiera sostenido Sara Montiel hubiera expirado junto a James Dean.



* Dean había estrenado su flamante Spyder el 21 de septiembre de 1955. Dos días más tarde, coincidió con Alec Guinness en un restaurante, al que le enseñó orgulloso su nueva adquisición. El británico, que tenía fama de brujo, le comentó que aquel biplaza le parecía un tanto «siniestro», y que por favor no lo condujera porque podría acabar muerto en una semana (que es exactamente lo que ocurrió). También Úrsula Andress y Eartha Kitt sintieron malas vibraciones que les impidieron subirse a él.









Esta es la canción que cantó a sus monjitas en Orihuela:





*Y así finaliza la entretenida e interesantísima Ruta de Sara. 

¡Hasta siempre la Diva Española!


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