lunes, 11 de julio de 2016

La Leyenda de Benijófar: El pastorcillo, la culebra y el zorro


Esta es una vieja leyenda que pertenece al olvido, pues ni los más ancianos del lugar la recuerdan. Un cuento que se trasmitió de padres a hijos durante generaciones y que proviene de una época en la que dicen, los animales hablaban con los humanos.

Como cada mañana, el pastorcito de Benijófar madrugaba y se iba con el rebaño en busca de pastos frescos con que saciar el hambre de los animalitos.
Subía por la Piná hasta llegar hasta la “Casica Blanca”.

Pero esa mañana se encontró con una culebra que estaba helá de frío.
Le dio tanta pena que se la metió en el morral para resguardarla del mal tiempo que hacía a esas horas.

A esto de las 12 del mediodía, cambió la temperatura y empezó a hacer bastante calor.
La culebra que había permanecido todo este tiempo al abrigo de la intemperie fue sacada por el pastorcillo de nuevo al calor de la luz.

Pero ocurrió algo que sorprendió al buen hombre, ya que esta en cuanto sintió la buena temperatura se le envistió como una loca.

Pasaba en ese momento por allí un zorro muy viejo que siendo testigo del inoportuno ataque les preguntó:

-         ¿Qué es lo que pasa aquí?

Y el sorprendido pastorcito le contó todo lo que había pasado. Entonces el zorro se dirigió a la culebra diciéndole:

-         ¡Bueno! ¿Por qué no te pones tú como estabas esta mañana?

Y la culebra se puso en la carretera como en las primeras horas para que el pastorcico la volviera a coger y se la volviera a meter una vez más en el morral.

Pero a esto que el zorro sugirió:

-         ¿Por qué no coges una piedra ahora que está dentro y le chafas la cabeza?

El pastorcito después de dudar un segundo cogió una piedra y aplastó la cabeza de la culebra y respondió al zorro:

-         Bueno, ¡Muchas gracias!

El zorro le reprendió entonces y le dijo:

-         ¡No!, con gracias yo no como. Es ahora obligación tuya entregarme algo del mismo valor o mejor como recompensa.

-         Es cierto, te debo una. Yo te indicaré un lugar junto a mi casa en donde abundan las gallinas para que esta noche a la hora que quieras te acerques a comer las que quieras.

Así es como quedaron y el zorro aventuró que esa noche iría tal y como habían convenido.

Una vez que cada uno se había ido cada cual por su lado, el pastorcito acordándose del consejo que el zorro le había dado previamente se dirigió a la casa de su vecino para prevenirle de que esa noche un zorro viejo acudiría a comerse a sus gallinas.

Los vecinos lo esperaron y cuando descubrieron al animal en el interior le tendieron una trampa y lo mataron.


Y esto de aquí es la moraleja:
Que aunque oigamos la voz que aconseja
Y un beneficio creamos nos deja
No hay que dejarse engañar por la comadreja.




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