miércoles, 1 de febrero de 2017

Concurso de Relatos: 7. "De la nada hacia algún lugar" de Víctor Navarro



No sé que hago aquí.

Me duele la cabeza y siento como si alguien me hubiese golpeado por atrás.
Tan metido estoy en mi papel de víctima que no me acabo de dar cuenta de lo oscuro que está.

Mis oídos escuchan un sonido relajante, es como si me encontrase cerca del mar. Y las olas al moverse produjeran ese sonido tan característico que hace que me sienta mucho mejor.

Tengo el cuerpo empapado y me siento helado de frío.
Aunque la temperatura es buena, mi cuerpo húmedo siente escalofríos.

Muevo las manos sobre la superficie en donde estoy descansando y agarro con ellas un buen puñado de arena.

Parece que estoy en una playa.

No recuerdo una playa tan oscura en ninguna de mis otras aventuras.

Me abrazo para mitigar un poco esta sensación de frio.

Un débil resplandor me hace mover la cabeza hacia el sur y allí atisbo el reflejo de la luna sobre el inconfundible océano.

Algunos árboles, eso me parece, sumergen sus raíces en las aguas de este siniestro mar azul.

Me duele la cabeza pero cada vez menos.

Mis ojos se van acostumbrando a la escasa luz y empiezo a hacerme una idea de donde estoy.

Es como la típica isla desierta de la serie “Perdidos”.

Me levanto con decisión y empiezo a caminar en busca de algo que me ayude a orientarme.

Camino y camino pero no encuentro señales de vida. No hay nada que me resulte familiar.

Mis pies descalzos no han sentido nada mientras caminaba por la arena de la playa. Pero ahora que he salido de ella me estoy clavando ciertos guijarros.

Las piedras están por todas partes. Debo llevar cuidado para no herirme.

Me agacho para coger una de ellas y la miro con detenimiento.

La suelto con rapidez.

No son piedras, o por lo menos lo que acabo de tirar al suelo no es una piedra. Es un trozo de hueso.

Me agacho otra vez para agarrar con toda la mano un puñado de esas cosas y descubro para mi horror que verdaderamente he acertado, que todo parecen ser restos de huesos.

No tengo el conocimiento suficiente para saber si son restos de esqueleto humano o de animal, pero algo en mi interior me pone en alerta y tengo la corazonada de que efectivamente se trata de huesos humanos y que tengo que darme prisa en salir de aquí.

Aumento el ritmo y camino más deprisa. Sin rumbo, sin saber a donde dirigirme.

El miedo ha hecho que ya no sienta el frío.

Muevo la cabeza de un lado para otro para ver si puedo encontrar algo que me ayude en esta desesperada misión que me he auto impuesto y que mi instinto me dice constantemente que es un asunto de vida o muerte.

Me vais a llamar paranoico pero después de lo que viví ayer con el tiburón me siento en peligro constante.

Ayer os conté que Dios estaba de mi lado y que me había dado una oportunidad de sobrevivir frente al monstruo marino.

He de reconocer que también tuve suerte y pude acabar con él.

Pero lo que ocurrió después...

¡Espera! Eso es, ¿Qué ocurrió después?

Recuerdo vagamente que alguien me sujetó y me subió a bordo de una embarcación de aspecto extraño.

Y mis ojos fueron testigos de los seres más abominables y horrorosos que nadie haya podido contemplar jamás.

Y eso es todo.

Luego me he despertado en este lugar con un buen chichón y un molesto dolor de cabeza.

Sigo caminado y de repente oigo crujir algo detrás de mi.

Miro hacia la negrura de lo que hay tras mi espalda y no consigo ver nada.

Empiezo a correr para salvar mi vida. Aunque no tengo la certeza de que realmente esté en peligro, de que no estoy viviendo una pesadilla y me encuentro en realidad durmiendo cómodamente en mi casa dentro de la protección de mi hogar, dulce hogar.

Me imagino que es por la ansiedad y por la desesperación pero estoy empezando a escuchar a lo lejos como si sonaran lo que parecen unos tambores.

Por el rabillo del ojo me ha parecido ver que algo se movía arrastrándose por el suelo.

¿Dónde diablos estoy? ¿Qué lugar maléfico es este?

¡No puede ser! ¡Quiero despertarme ya!

Unas rocas allá a lo lejos, tengo que dirigirme hacia ellas. Buscar cobijo bajo sus sombras, encontrar un lugar seguro en forma de cueva o algo así.

Casi me doy de bruces contra una de las piedras pero me agarro a tiempo y no me golpeo.

Los tambores siguen sonando y esta vez mucho más cerca.

Sigo a la deriva y en busca de una salida a este laberinto de incongruencias y misterios sin sentido.

Y como en la vez anterior, me siento como un hombre con suerte pues sin apenas buscarla hallo un orificio de gran tamaño en la roca.

Sí, es una cueva, un refugio en donde podré resguardarme del peligro que me acecha.

Me introduzco en la penumbra del gran orificio y me dejo guiar por el instinto hacia lo más profundo de sus entrañas.

Como no soy capaz de ver nada, me voy guiando con el apoyo de mis manos que van rozando la pared constantemente para orientarme. No quiero más sustos.

Ya no oigo los tambores. Este lugar me acoge de manera amigable y me da un atisbo de esperanza.

Pero algo me dice que no debo confiarme, que tengo que seguir penetrando el lugar para poder sentirme por fin a salvo de todo mal.

Sigo caminado, bordeando paredes naturales de piedra, sintiendo el frio contacto con la roca.

Y llego por fin hasta un lugar en donde parece abrirse una abertura hacia la luz.

No puedo creerlo. Resulta que es cierto lo que se dice, que hay una luz al final del túnel.

Me acerco con muchas dudas pero sintiendo que atravesando hacia esa zona por fin podré sentirme en paz y a salvo.

La luz de lo que me parece el sol, mi querido y maravilloso sol me deja cegado por unos instantes.

Mientras repaso mentalmente todo lo que he vivido durante estas últimas horas me voy acostumbrando a la luz cegadora.

Lo que veo me deja tan aterrado como anonadado.

Esta zona la conozco bien.

¿Qué sentido tiene?

Vengo de un lugar en donde se escucha el agua del mar, donde he podido ver los rayos de la luna reflejándose sobre el piélago.

Y ahora de repente me encuentro aquí, en el Horno de Bustamante de Orihuela.

¡Qué alguien me lo explique!

Miro hacia atrás para buscar el lugar de donde vengo pero no hay nada. Tan sólo lo que suelo encontrarme cuando me aventuro a pasar por estos lares.

Es muy extraño y me siento muy confuso.

Pero lo que más miedo me da, lo que no consigo quitarme de la cabeza es que si yo he llegado de manera tan fácil aquí a San Antón, esas cosas que yo vi tan horripilantes, tan extrañas y de aspecto tan aterrador están también muy cerca de aquí.

Y siento que en cualquier momento van salir en nuestra busca por toda Orihuela.


Víctor Navarro

No hay comentarios:

Publicar un comentario