lunes, 19 de septiembre de 2016

Nuestro Padre Jesús


Hay un amor nativo y siempre vivo en el corazón de todo oriolano, por el cual, en valiente defensa, serían capaces de dar su vida entera. Es este un sentimiento tan puro, tan entusiasta y respetuoso hacia la imagen santa que lo representa, que al manifestarse espontáneamente en los hijos de Orihuela, ponen en él toda su alma. Nuestro Padre, Jesús conocido en lo que pudiéramos llamar el trato familiar con el nombre del “Abuelo”, es la figura excelsa, venerada y popular a la que se dirigen diariamente millares de súplicas y miradas fervorosas envueltas en una latente esperanza. Él es el paño de lágrimas del corazón oriolano.

Junto al amplio y antiguo convento de Santa Ana, ocupado por los franciscanos, se levantan los viejos muros de una iglesia, cuya fachada, seria y sencilla, aún tiene al descubierto las irregulares piedras que sirvieron para erigirla. 

Es ésta una iglesia silenciosa y solitaria, en la que, al entrar, el ruido producido al pisar el mármol frío de su pavimento, resuena en las bóvedas y claustros como el tronar de una tormenta lejana. Siempre está vacía esta iglesia y nunca está sola, pues en una capilla situada a la derecha de la nave, raro es el momento estando abiertas sus puertas, que no se oye rezar muy quedo a algún devoto arrinconado. 

Intensa emoción produce al visitante la visión de conjunto de esta capilla, que no se borra fácilmente, por que impresiona el alma. En ella se venera la imagen piadosa de Nuestro Padre Jesús, Patrón de la ciudad Orihuela.

El arte mágico de Bussi, inspirado sin duda por un poder sobrenatural, hizo que de entre sus manos saliera tan maravillosamente imitada la faz del Crucificado que, al mirarla, da la sensación de la representación viviente del Nazareno; su figura parece que respira, que está con el que la mira y que dejando la inmovilidad propia de una escultura, acompaña al devoto en la soledad de la capilla, creyendo éste ilusoriamente que está ante la realidad viva.

Oro, mucho oro brilla en la capilla, La profusión de adornos, ramos y molduras, todo dorado, del altar, relucen sobre un fondo rojo. Cuatro ángeles, también dorados, se destacan como anunciando que allí está la fe. Cuatro cirios, largos y derechos, alumbran la imagen de Jesús. Serenidad, respeto, temor a lo desconocido, un algo que no se puede explicar…

En la penumbra de la capilla, un rayo vivido de sol, filtrado por un tragaluz de la pequeña cúpula, atraviesa diagonal el espacio iluminándolo débilmente. Silencio.
Una mujer arrodillada en un rincón desgrana las cuentas de un rosario, y un hombre, todo un hombre, susurra en otro rincón el Padre Nuestro. La figura encorvada pero esbelta de Nuestro Padre Jesús, aparece en el fondo del camarín con la túnica morada, un grueso cordón de oro anudado a la cintura, la corona de espinas sobre las sienes y la cruz a cuestas. Una negra cabellera se desparrama caudalosa por los hombros y espaldas.

Su mirada recibe a diario suspiros, súplicas, penas ahogadas en los pechos que no encuentran un consuelo más que ante Él, dónde se ve estando ciego, se oye estando sordo, se habla estando mudo y se siente siendo insensible. Bálsamo santo, amor, fuerza, poder, divinidad; mirada piadosa que perdona pero exige, que absuelve y recrimina a un tiempo que es siempre misericordiosa y justa. 

La lucecita temblona de una lámpara de aceite, parece a cada instante que va a dejar de brillar, que va a apagarse, que va a morir; pero siempre revive, nunca se apaga, nunca muere, como si la lucecita amarillenta y oscilante de la lámpara de aceite fuera igual que la vida de las cosas celestiales, nebulosas en la penumbra de lo oculto y desconocido, necesarias en la vida de los hombres y arraigadas por la fe.

La devoción a Nuestro Padre Jesús está acrecentada especialmente en los huertanos. Esta gente, ruda, casi sin cultura, que se pasan la vida trabajando y que no tienen más que rudimentarios conocimientos de la religión, no les basta en muchas ocasiones atolondradas de su vida para refrenar sus pasiones, su cólera, o aliviar sus pesares, el arrodillarse delante de la imagen de una virgen bonita y risueña o de un cromo de un santo sin expresión; necesitan postrarse, medrosos ante la imagen de tamaño natural de Nuestro Padre Jesús, y temblando de emoción, mirarle fijamente largo rato contemplando su rostro severo y bondadoso a la vez, transformándose momentáneamente de hombres a niños, pidiendo entonces con la inocencia propia de los pocos años, perdón y protección.

Los huertanos son, los que al salir procesionalmente el “Abuelo” por las calles lo llevan orgullosos sobre sus hombros. Es un privilegio que les colma de felicidad el heredar de sus padres la obligación, que es una suerte de vestir la morada vesta de nazareno.

La víspera del día en que empieza con gran pompa y esplendor la novena dedicada a Jesús Nazareno, trasladan en ligera y corta procesión la imagen desde su capilla a la iglesia parroquial de Santas Justa y Rufina. La bocina anunciadora de la salida de Nuestro Padre, recorre durante las primeras horas de la tarde las calles de la ciudad, lanzando al espacio el sonido fuerte y continuo de sus notas siempre iguales y características. Espectáculo muy oriolano es este que a las horas de la siesta se presenta todos los años a nuestra vista; la chiquillería arremolinada en el cruce de dos calles mirando curiosa la típica bocina, de la que sopla con todas sus fuerzas hinchando los colorados carrillos un hombre alto y robusto, y un niño, con los brazos en alto sostiene el negro, largo y cónico instrumento mientras el hombre sopla.

Dejando marcadas sobre el blanco polvo de la carretera las huellas de los pies, marchan pausadamente un corto número de alumbrantes respetuosos y callados, seguidos de todos los frailes del convento de Santa Ana, con la vista fija en el suelo y una mano sobre el pecho. Los nazarenos vestidos de morado llevan a sus hombros el trono desde donde a todos lados mira perdonando y bendiciendo Nuestro Padre Jesús. 

Detrás, un fraile va rezando en voz alta el santo rosario. Un grupo de mujeres, contestando al fraile en los rezos, cierran la marcha de esta comitiva sencilla y encantadora del traslado de la venerada imagen de Jesús, mientras a la cabeza de la procesión la bocina deja oír su sonido inconfundible. Y al poco rato, la histórica iglesia de Santas Justa y Rufina recibe pletórica de luz y de alegría a nuestro Padre, embargando el ánimo de los que asisten a la triunfal entrada, los acordes melodiosos de su órgano y el voltear de las campanas de la artística y preciosa torre, que desde las alturas cantan en su honor.

Desde que Nuestro Padre Jesús está en el templo de Santas Justa y Rufina, no cesa un instante el continuo hormigueo de gente que acude fervorosa a postrarse de hinojos a sus plantas. Por la tarde la afluencia de devotos aumenta considerablemente, hasta el punto de no tener cabida en la iglesia, que es espaciosa y de elevadas bóvedas. 

Oradores de famosa nombradía son encargados de predicar los sermones, que desde los lugares más apartados de nuestra huerta vienen ex profesamente con gran devoción a escuchar las huertanas con sus anchas y vaporosas faldas de muchos pliegues, las blancas alpargatas sujetando sus pies menudos y un pañuelo de varios colores y muy brillante para cubrir sus cabellos recién peinados; los hombres con los pantalones blanqueados por el polvo del camino, una blusa limpia ligeramente plisada por la espalda y pecho, y el sombrero casi siempre negro, con unas hojas de lo que por entonces florece, sujetas a la cinta.

El último día de la novena de Nuestro Padre Jesús, siempre es domingo, saliendo al terminar los solemnes cultos que empiezan ese día un poco más temprano, la procesión general conduciendo a la sagrada imagen a su santuario del convento de Santa Ana. Repletas de gente están las calles y plazas de Santiago y de Monserrate, así como también están bastante concurridas las calles de San Francisco, plaza de Capuchinos y hasta la carretera que llega al convento de los frailes Franciscanos.

Los balcones lucen colgaduras de coco o las flamantes cubiertas muy lavadas y bien planchadas. Y en la plaza de Monserrate una larga traca le da la vuelta sujeta a los árboles que la adornan para ser disparada al paso de Jesús.
Por muy observador y detallista en las descripciones que se sea nunca se llegará a la pintura perfecta de estos cuadros de fe, en los que lo de más importancia no es lo que se ve, sino lo que se deduce de ellos. 

La Procesión General de Nuestro Padre Jesús no es la procesión de una fiesta, no es el acto callejero, bullicioso y de general algazara, no es la procesión pueblerina en la que se estrenan trajes y se va a lucir; no, la procesión general del “Abuelo”, es la manifestación de la devoción de un pueblo, es la demostración franca y sincera de sus sentimientos, es el silencio respetuoso, es el acto de humildad, es la sumisión hacia lo superior y divino, es la fe como debe ser la fe, es el acto de pública presencia de la parte más sana de la fe oriolana.

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS

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