viernes, 1 de enero de 2016

Orihuela trágica: El Terremoto de Orihuela de 1829


...Ocurrió a las seis y cuarto de la tarde del 21 de marzo de 1829.

Por allá va, el carro que monta los restos de los desgraciados.
Le siguen otros carros que igualmente cargan lo que han podido recoger de entre los escombros.
Mis ojos no se acostumbran a ver tanto horror.
Por ello, el obispo había pedido que le hicieran una lista de todos los niños que habían quedado huérfanos.

Familias enteras habían perecido bajo los efectos de una fuerza que con furia había salido de las entrañas de la tierra para raptar las almas de los habitantes de mi querida ciudad de Orihuela.

El dinero para dar auxilio a los heridos y a paliar los efectos de tan enorme mal han salido del cabildo de la catedral de Orihuela y de la generosidad del colegio de padres dominicos y de D. Juan Roca Togores.

Son tantos los hogares destruidos, las gentes que se han quedado sin recursos.

Primero llegó un espantoso temblor en medio de un oscurecimiento del cielo que duró 3 minutos aproximadamente. Luego, inexplicablemente, una sacudida violenta, una erupción de viento.

Entonces empezaron los gritos, el miedo se apoderó de los vivos y todo el mundo pareció volverse loco.
De un lugar para otro, todos corrían como si el diablo se les llevara.

La tierra tembló durante lo que parecieron horas y nadie era capaz de pensar ni incluso en poner su vida a salvo. Sólo un minuto bastó para provocar multitud de víctimas

Eran tan atroz el momento que el ruido insoportable tapaba nuestros oídos haciendo que la angustia se multiplicase por mil.

El caos se apoderó de los oriolanos.

El padre olvidó al hijo y lo mismo hicieron los hijos con sus progenitores.
El marido desprotegió a su esposa y esta sólo tenía piernas para correr hacia una muerte segura que aguardaba en cualquier parte.
Una densa nube de polvo provocada por los edificios más altos al dejar caer sus torres cubrió Orihuela. La Torre de la Trinidad por los suelos hecha pedazos parecía un esperpento de lo que había sido.

Dejamos pasar la noche entre sollozos, gritos de espanto y ojos que habían perdido todo hálito de vida.

Al amanecer continuamos con la búsqueda de los supervivientes que pudieran estar en dificultades.

Los cadáveres salían a cientos.

El miedo que todavía permanecía en nuestro cuerpo volvió a intensificarse al descubrir que algunos cadáveres se encontraban ya corruptos y que podrían convertirse en foco de infección.

Contamos 180 cadáveres sepultados y 130 heridos moribundos a los que el tiempo se les acaba.

Las personas con contusiones y doloridos son infinitos a los ojos de este que ahora os escribe.

Y el sentimiento de pánico ante posibles derrumbamientos no hace más que intensificar mi dolor y mi angustia.

El cielo, la tierra, el viento y el agua, son una amenaza a la vez ya que apenas a media legua de donde nos encontramos la tierra se halla acribillada de agujeros grandes y pequeños, los márgenes del río casi han desaparecido y el vómito de la tierra ha sido expulsado en más de 500 lugares diferentes.

Me llegan noticias de que han sido varios pueblos los afectados, que más de cinco mil casas han sido destruidas, que veintiocho parroquias han sido aniquiladas.
Cientos de miles de piezas de ganado perecidas o extraviadas. Muchas cosechas inutilizadas.

Algorfa, Almoradí, Benejuzar, Daya Nueva, Formentera, Guardamar, Rafal, Torrevieja, Torre La mata y La Marquesa han desaparecido del mapa dejando nada más que escombros y ni rastro de los cuatro mil vecinos que los habitaban.

Los hospitales de Orihuela no dan abasto intentando dar cobijo y ayuda a los supervivientes o a los que les queda sólo una luna de vida.

Los campos siguen llenos de hermanos expuestos a la intemperie que buscan sin descanso los cuerpos de sus familiares desaparecidos.

Y aquellos que tienen la suerte de encontrarlos, si a eso se le puede llamar fortuna, los cargan como pueden en los carros que se han distribuido para tales menesteres y los conducen a los hospitales de Orihuela.

Aunque caminan más hombres a pie con el muerto a sus hombros que carretas circulan por el camino.

Me encuentro con un hombre al que conozco, tiene los ojos llorosos, la tez pálida. Al levantar un poco su triste mirada me reconoce y me dice 

- Ocho hijos tengo sepultados aquí entre los escombros.

Después vuelve a su desconsolado llanto.

Las grandes casas que utilizábamos para guardar el grano, el vino, el aceite, y el agua todo se ha venido abajo. Y allí donde había un molino para moler las aceitunas, ahora sólo quedan ruinas.

Los cultivos que han quedado intactos no encuentran hombres para su labranza.
Y el temor de que esas cosechas se vean también perdidas no hace más que crecer al constatar que de las bocas que se han abierto sobre la tierra no mana más que agua oscura salada, amarga y mezclada con arena y algas que apestan.
Y la vegetación que a su alrededor respira se seca en minutos.

Tememos por los peces del mar allí en donde el Segura desemboca estas aguas malditas por las cenizas y unos extraños minerales que forman estas arenas de colores.

Rezad hijos míos a Dios, rezad por mi y por nosotros pues yo ya no me hallo con fuerzas para hacerlo. Y dejadme con mi tristeza pues hay mucho que hacer y muchas personas a las que socorrer.



Texto basado en los documentos oficiales que publicaron las autoridades que presenciaron en primera persona los hechos:

  • Exposición dirigida a S.M. por el Ilustrísimo Señor Obispo de Orihuela
  • Parte del ayuntamiento de la Villa de Almoradí al Real Acuerdo de Valencia.
  • Cartas de diversa índole.

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