miércoles, 26 de agosto de 2015

La Leyenda de La Matanza: la Aparición de la Virgen de los Remedios


Relato cumplimentado por Don Vicente Alcaraz y Calatayud, vicario perpetuo de la catedral de Orihuela.


2 de Junio del año de Nuestro Señor 1808.

En él se nos dice que cuando se encontraba en la hora de la caída de la tarde de dicho día,
y procedente del Campo de la Matanza, iba montado en una galera en compañía de
varios amigos de la ciudad de Murcia en viaje hacia Orihuela, y como tal discurría
con total normalidad, pero cuando llegaron al paraje de la Cruz Cubierta, junto al
Ladrillar, les llegó una gran confusión de alaridos y una gritería tal en la huerta de
Orihuela que les sumió en la mayor confusión y espanto. Y poco después, cuando
avanzaban por el camino nuevo de Callosa, vieron venir por él una multitud de gentes
corriendo que con voz alterada decían: Los franceses, los franceses... Asegurando
uno de ellos que en número de 14000 habían desembarcado en la costa a la altura
de los pueblos de Guardamar, Santapola y Torrevieja.

Tan pronto como supieron de dicha novedad, y como consecuencia del sobresalto
recibido, decidieron volverse para el Campo de la Matanza comunicando lo que
sabían a cuantos fueron encontrando a su paso por el camino, lo que hizo que a su
vez lo fueran propagando en sus casas y a los vecinos. Y añade don Vicente Alcaraz
que mientras iban en el carruaje rezando el rosario y el trisagio en alabanza de la
Stma Trinidad, un mozo de quince o dieciséis años de nombre Francisco García
dio en decir: Mire que viril se ve en aquella nube junto a la luna. Y en efecto,
se nos dice, una vez que hubieron apartado los toldos del carruaje, todos pudieron
contemplar que los resplandores de la luna en una nubecilla que medio la cubrían
formaba un perfectísimo viril en todo semejante al que había en la iglesia de la
Matanza, lo que tuvieron por una feliz premonición.


Y una vez llegados a dicho lugar del Campo de la Matanza, a eso de las diez de
la noche, el vicario pasó a avisar a los diputados que inmediatamente dispusieron
que comenzase a tocar a rebato la campana mayor de la torre de la iglesia, y a cuyo
sonido comenzó a acudir la mayor parte de los vecinos que fueron informados de la
amenaza que se cernía sobre ellos, por lo que debían pertrecharse de las armas que
poseyeran para acudir en defensa de los pueblos de la costa y detener, si era posible,
el avance de las fuerzas enemigas. Y muy pronto comenzaron a llegar otras gentes de
los partidos de San Bartolomé, no faltando una persona que dio en dar detalles, como
fue el caso de un tal Francisco Martínez, que aseguró que ya estarían degollados o
a punto de serlo todos los que moraban en Almoradí, (pueblo de la Vega Baja del
Segura) pues así lo había oído a las gentes que huían de aquellos contornos.
Al principio, el desánimo se adueñó de cuantos habían acudido a la llamada de
la parroquia pues demasiado bien sabían que contaban con pocas armas y pobres
municiones para llevar a cabo dicho socorro, pero, se nos refi ere que, como respuesta
a las vivas exhortaciones del vicario, pronto comenzaron a animarse unos a otros
hasta llegar a decir: Vamos a morir en defensa de la religión, y se encaminaron a
sus casas para equiparse con escopetas de pistón, chuzos, hachas... y retornar tan
pronto pudieron a la iglesia para organizarse en cuadrillas al tiempo que en voz alta
pedían a Dios perdón de sus pecados...


Y al mismo tiempo se comenzó a pedir que se sacase la imagen de la Virgen a la
calle para que con su amparo les diese fuerza contra los franceses, aunque el vicario,
como habría de reconocer más adelante, debido al gran ajetreo en que se encontraba
en aquellos momentos, no reparó en ello o lo echó en olvido. Pero la Santa Señora,
por su bondad, quiso concederles la petición de esta afligida gente. Y serían ya las
diez y media de la noche, y encontrándose las mujeres y buen número de hombres
de edad en la iglesia, pues se había dispuesto lo necesario para celebrar una función
con exposición del Santo Sacramento y canto del Tantum ergo Sacramentum... cuando
las mujeres, en medio de atribulados sollozos, comenzaron a pedir a la Virgen que
sus hombres volviesen pronto sanos y salvos... para lo que se asían con dolor de su
blanco vestido... Mientras tanto, un hombre que había subido a la torre de la iglesia
oteaba en la oscuridad por si se veían resplandores de los cañonazos y de la fusilería
enemiga, dar aviso inmediato, pues ello sería señal inequívoca de la proximidad del
enemigo para en tal caso sumir las hostias consagradas, como es justo que se haga
en tales lances... para preservarlas de los ultrajes.


A la una de la mañana del día dos de junio, después de que se hubiera puesto
la luna, la madre del dicho vicario, de nombre Antonia Calatayud, que había permanecido
durante aquel tiempo en su casa, nada más salir a la calle en la puerta
de su casa, según se nos dice, vio en el primer ciprés a la Virgen, pero a nadie lo
dijo hasta que llegándose a ella una hija de Antonio Ramírez, casada en Benferri,
le dijo: Tía Antonia, no ve ¿Aquella es la Virgen? Si señora, la Virgen es, dijo mi
madre. Pero las mujeres que constantemente salían y entraban de la iglesia a observar
si se oía en la lejanía algún rumor de la invasión francesa, no se percibieron de la
presencia de la aparición que descansaba en el árbol en forma de un bulto blanco.
que en todo era semejante a la imagen que se veneraba en la parroquia, pero en un
momento dado comenzaron a dar voces diciendo: La Virgen está en el ciprés. Y
con ellas, todas las mujeres que se hacían presentes en la iglesia acudieron hasta
colocarse a tres o cinco palmos de ella, lo que les era posible tocar con sus manos
los vestidos de la Señora, pero nadie tuvo tal atrevimiento.


Estando la muchedumbre en aquella situación vieron clara y distintamente cómo
el ciprés había desaparecido, y sólo se veía de él el tronquito y como palmo y medio
de sus primeras ramas que parecían peana. Al contemplar este prodigio, que no
admitía la menor duda, los presentes comenzaron a clamar diciendo: La Virgen, la
Virgen está en el ciprés. Voces que hicieron que el vicario saliera a la plazoleta que
se abría ante la iglesia, para, asustado como se encontraba, pues, como dijo, llegó
a perder la voz y a sentir que sus cabellos se el erizaban, poder pronto reaccionar
poco a poco y acercarse a la Virgen que reposaba en el ciprés. Una mujer, recuerda,
que le preguntó si aquello sería bueno para ellos, a lo que él respondió que naturalmente
que lo sería.

De aquellos sucesos, pocos días después, el vicario don Vicente Alcaraz Calatayud
escribió la siguiente composición rimada:

La hermosa de negra tez
Porque el sol la hizo morena
Puedo decir esta vez
Que con una cara buena
Se apareció en el ciprés.
No fue de encina ni Almés
El escabel soberano
No fue Pino ni albés
Que para éste echó mano
De las ramas del ciprés.
Así lo jura y confi esa
El más obsequioso esclavo
A los pies de su princesa
Vicente Alcaraz vicario.
No fue en el campo de Booz
Que fue en el campo de Orihuela
Donde con el niño Dios
Se dejó ver Rut risueña
De junio en el día dos.
Aunque el demonio no cuadre
Y brame todo el abismo,
Diré, Jesús, dulce Padre,
Que a ti te vi yo mismo
En el ciprés con la madre.
La ilustre solimitana
Para ser vista esta vez
Toda bizarra y ufana
De las ramas del ciprés
Se formó hermosa peana.

Pero volviendo al momento de la aparición, el vicario añadió que tan pronto
pudo reaccionar de la impresión que le había causado tener conciencia de ser testigo
de la presencia de lo sobrenatural, se dirigió a la sacristía para tomar una antorcha
que encendió con la llama de una de las velas que ardía ante el altar por haber sido
ofrecidas a la Virgen, para pasar a referir que esta luz la llevaba para alumbrar a la
Señora del ciprés pensando ser esta mi obligación como criado de la casa. Salí con
la antorcha encendida y cuando llegué al portal vi el bulto hermoso y blanco que a
la vez primera pero al empezar a caminar advertí que la Señora iba desapareciendo,
y fue al modo que se quita la densa niebla que cubre los árboles..


Cuando las gentes allí congregadas sintieron que el ciprés estaba sin la Virgen, se
entregaron de nuevo a un desconsolado llanto en señal del miedo que les dominaba, lo
que les llevó a decir: Padre vicario, la Virgen se nos ha ido, ¿qué será de nosotros?.
A lo que este respondió pidiéndoles que volviesen a pasar al interior de la iglesia,
como hicieron. y donde al ver la santa imagen en su altar, se nos acabaron todos
los sobresaltos de parecernos que la Virgen nos dejaba, con lo que comenzaron a
dar voces con vivas a la Virgen del Remedio.

Y como es natural, la leyenda que recoge el hecho de la aparición de la Virgen
de los Remedios en aquella noche de comienzos de junio de 1808, nos dice también
que conllevó que aquellas medrosas gentes del Campo de la Matanza se sintieran
en su ánimo profundamente reconfortados y amparados al sentir nuevamente su
presencia.


Y poco después comenzaron a llegar al Campo de la Matanza noticias que decían
que la temida invasión de los franceses en distintos lugares de la costa alicantina
había sido debida a la mala interpretación que había causado la presencia de unos
veleros en la costa, y con ello que hubiese corrido una farsa alarma, por lo que la
tranquilidad volvió a reinar en aquellas gentes.

Muchos años después, y en recuerdo de dicho suceso que fue siempre admitido
por milagroso, pues como tal lo han tenido y lo tienen los moradores del Campo
de la Matanza, en la explanada que hay ante la puerta de la iglesia, se levantó un
monumento en piedra en el que se representó en su verdadera proporción dicha
aparición de la Virgen sobre el ciprés, así como, en su parte posterior, se dispusieron
diversas letrillas rimadas alusivas a ella.


Francisco J. Flores Arroyuelo

LEYENDAS DE ORIHUELA


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