viernes, 27 de enero de 2017

Concurso de Relatos de Terror: 2. "Solo" de Víctor Navarro


Aquí me encuentro sólo, alejado de la civilización, escuchando el rumor de las aguas y asustado porque sé que en cualquier momento va a venir a buscarme.

Como única defensa sólo tengo este gancho y la madera podrida de la balsa cruje bajo el peso de mis pies. No creo que vaya a durar mucho más.

Mis pensamientos son para mis seres queridos.
¿Cómo he acabado yo en esta situación?

Allá a lo lejos veo algo moverse sobre el interminable agua del océano. Varios bultos aparecen ante mi vista.

Creo reconocer varios tablones de madera y algo más, parece una bolsa.
¡Tengo que hacerme con ellos! ¡Es cuestión de vida o muerte!

Me siento tan sólo, tan hundido.

Lanzo el gancho y eureka, consigo alcanzarlos, podré utilizar esto para crear algo que me ayude a sobrevivir,.

Pero el miedo ancestral más profundo que me invade desde que era un niño, desde que de pequeño acompañé a mi hermano para ver la película tan laureada de Spielberg...

He conseguido unos tablones extra y con ellos y un poco de imaginación voy a intentar asegurar la zona. Antes de que me vuelva a atacar ese hijo de puta.

Con un poco de maña y algo de suerte he conseguido atar los tablones con trozos de algas y algunas hojas que parecen tener mucha resistencia, mucha más de la que en mi cuerpo queda.

Me asolan los recuerdos de cuando todo era perfecto, todo era vivir alejado del peligro y de las aventuras. ¡Cuanto me arrepiento!

Sé que estás cerca, pues te presiento.
Sigues acechándome ahí, en alguna parte, esperando a que mis fuerzas se debiliten por completo.

Pero no creas que voy a dejar la partida como perdida.

Tu eres mi cazador y yo tu presa pero me he propuesto invertir los papeles.

Quiero que seas tú el que me tema a mí.

Apenas me queda alimento y mi cuerpo desnutrido está cada vez más débil.
Sigo oteando el horizonte para escudriñar en busca de algo del naufragio que pudiera llegar a pasar por la zona y debo estar atento para hacerme con ello.

No sé cuanto tiempo más voy a estar aquí, pero necesito refugiarme del sol, sus rayos asesinos queman mi piel como si fueran papel.

Tengo el cuerpo entumecido y mis ojos llenos de sal lloran sin cesar.

Por allí viene, ahora me ha dejado observarlo.
Una aleta ha salido a la superficie y viene a una velocidad endiablada.

Estaré preparado para el asalto final. Quiero que esto sea cosa de los dos.

Sólo tu y yo, el hombre, la criatura elegida por Dios para dominar al resto de las razas contra la bestia, el gran tiburón blanco.

Esta vez he tenido suerte pues ha pasado de largo. Pero no me quedaré de brazos cruzados. Me has dado un tiempo extra para que pueda preparar mejor mis herramientas de combate.

Cojo lo que tengo más a mano y creo con mis propias manos algo que parece sacado de una película de indios, es como una lanza.

Uno de los trozos metálicos de alguna de las partes del barco me va a servir como arma principal.

Tan ensimismado estoy con mi nuevo juguetito que no me doy cuenta de que algo o simplemente el agua marina está corroyendo las ligaduras de mi improvisada balsa.

Un par de tablones se separan de esta. El susto es enorme.

Dejo caer la lanza y me dispongo a lanzar el gancho para recuperar los tablones antes de que sea tarde.

Y en esa faena que me obliga a estar ocupado descuido mi seguridad y un animal salvaje, un tiburón terrible se acerca por el otro lado y me embiste.

Caigo al agua.

¡Todo está perdido!

Con un esfuerzo infrahumano consigo darme la vuelta e intento sujetar algo que me sirva de defensa.

El escualo se dirige a mi a toda velocidad.

Por lo menos no me ha hecho sangrar, pues esa sí sería mi perdición al atraer a más bestias por el olor de la muerte.

¿Quién me iba a decir a mí, que aquí, tan cerca de mi casa, iba a perder la vida?

¡En las Playas de Orihuela, contra un tiburón blanco!

El verano pasado ya lo dijeron en televisión, un gran tiburón había arrancado la pierna de un bañista en las costas alicantinas.

Y ahora me toca a mí.

¿Creen ustedes en Dios?

Pues yo iba a decir que no, pero he tenido que cambiar de opinión, y ahora pienso todo lo contrario.

Ahora creo en él. Porque intuyo que quiere que sobreviva y por eso ha dejado justo delante de mí, la única oportunidad para resistir al ataque que es inminente.

Es la lanza, flotando solitaria ante mis narices.

La agarro como puedo y solo tengo un segundo, una milésima que parece pasar a cámara lenta.

Le doy la vuelta y siento que mis brazos quieren ceder cuando siento de lleno el impacto.

Mientras mantengo la lanza en posición vertical apuntando contra esa mole he sido testigo de unos dientes enormes, he olisqueado un aroma nauseabundo que sale de esas boca negra y profunda que me quiere engullir.

¡Gracias Dios mío!

He herido de muerte al tiburón y se marcha con la lanza atravesándole la boca. Un reguero de sangre le sigue allá por donde pasa.

La cosa se complica, el líquido rojizo de la vida será mi perdición al atraer a otras alimañas. 

No creo que sobreviva mucho más tiempo.

Tengo que intentar llegar otra vez hasta mi refugio.

Pero la balsa se encuentra muy lejos, imposible que con las fuerzas que me quedan pueda alcanzarla.

De repente, me parece escuchar un cántico celestial, no recuerdo bien si fue la bocina de un gran barco o la dulce campana de una embarcación de recreo.

El caso, es que unas manos estiran de mi hacia arriba y me ponen a salvo.

Estoy en la cubierta de algo, imagino que de una lancha pero aún no he tenido tiempo de mirarla a fondo y de darle las gracias a mis salvadores aunque hay algo en cubierta que me parece muy extraño.

Cuando me doy la vuelta, mi amago de sonrisa se ha convertido en una mueca de horror.

No sé qué son esos seres.

No sé de donde han venido.

Pero parecen haber salido del mismísimo infierno.


Víctor Navarro

1 comentario:

  1. Muy bueno Víctor! No sé que da más miedo, si el tiburón o esos seres misteriosos.

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