lunes, 25 de enero de 2016

FICCIÓN: 10 Lugares de Orihuela en donde pasar miedo: 4. Colegio Santo Domingo



LA LEYENDA URBANA:

Cuando era pequeño me contaron una historia tenebrosa que según parece había ocurrido en mi colegio Santo Domingo.

Resulta que una noche de esas en las que un profesor tiene mucho trabajo se queda hasta tarde en su despacho y cuando decide marcharse a casa, al pasar por uno de los patios observa una luz encendida en una de las aulas.

Como está cansado, no tiene ganas de subir para ver si alguien se las ha dejado encendidas y se marcha con la decisión de poner al corriente al responsable del colegio.



Al día siguiente, ya que es una época de mucho trabajo, vuelve a quedarse hasta tarde y repite la misma operación del día anterior.

Cuando pasa por el mismo lugar mira hacia la ventana del aula que el día anterior tenía las luces encendidas y observa con estupor que hoy también permanecen en el mismo estado.

Irritado por la situación, decide dirigirse hacia las escaleras para subir y echar un vistazo.

Cuando llega a la altura de la puerta, intenta abrirla pero la encuentra cerrada y no es capaz de entrar para averiguar lo que ocurre.

Al sentirse decepcionado por toparse con la puerta en las narices, cambia de rumbo y se marcha otra vez del colegio.

Al día siguiente habla con un responsable de las aulas y lo pone al corriente de la luz que permanece encendida todas las noches en que ha podido fijarse.

El encargado, se pone a la defensiva y le dice que eso es imposible porque él se asegura cada día de que ninguna luz se ha quedado encendida en las aulas y además el acceso es imposible porque las puertas están cerradas.



Por si acaso, el profesor le pide una llave del aula en cuestión y le hace la promesa de que esa misma noche se va a dar un garbeo por ahí y va a ver si las luces se quedan encendidas o apagadas.

Al llegar la noche, repite el proceso de las dos noches anteriores y al volver a descubrir por tercera vez la luz del aula encendida, se dirige hacia ella con paso firme y presuroso para poner fin al misterio.

Al llegar a la puerta, introduce la llave en la cerradura y la abre lentamente.

Al fondo, tras una luz extraña y potente a la vez que no acierta a averiguar de donde viene, cree visualizar a un joven con los codos sobre la mesa en actitud de estudio.

Sintiéndose mal consigo mismo por haber juzgado a la ligera toda la situación, cierra la puerta sin hacer ruido y se marcha a casa dejando tranquilo al chico que parece estar allí ocupado.

Al día siguiente va en busca del responsable y lo pone al corriente de lo que había descubierto.

Pero el responsable le dice que eso es imposible, que nadie tiene permiso para estar dentro de las aulas a partir de una hora determinada.

El profesor se siente una vez más contrariado y decide que esa misma noche va a ir a hablar con el joven para intentar conseguir una explicación.



Llega la noche y el profesor se dirige otra vez en busca del aula misteriosa en donde permanece todas las noches un alumno estudiando.

Mete la llave en la puerta, la abre y se encuentra otra vez con esa imagen del joven con los codos sobre la mesa y actitud de estudio.

El profesor que se siente violentado por esa situación tan embarazosa, le pregunta por dos veces consecutivas al chico, ya que la primera apenas logra articular correctamente todas las palabras de la frase.

El chico gira la cabeza y se le queda mirándo.

Hay algo en sus ojos que atraviesan el corazón del profesor, una mirada tan profunda que hasta duele el tan solo recordarlo.

El chico responde y el profesor cree haber escuchado la palabra “estudio”.

El profesor siente que tiene que marcharse de ahí cuanto antes y lo último que sale por sus labios es una pregunta, interroga al chico sobre su nombre.

Apenas un murmullo, una suave brisa forman las letras del nombre y el apellido que el chico acaba de mencionar.



El profesor memoriza aquellas letras y se aferra a ellas como si estuviese en juego su propia vida.

Hay algo en ese muchacho que da escalofríos.

De vuelta en el colegio a la mañana siguiente se pone a preguntar al resto de profesores sobre el nombre que le ha dado el alumno.

Pero nadie parece tener conocimiento sobre esa persona en concreto.

Como si se tratase de un alumno invisible al que nadie le ha prestado jamás la minima atención. Tanto que ni el recuerdo de su nombre se hace presente en las mentes de los que imparten allí sus clases.

En un último intento por descubrir quien es ese chico, se marcha al archivo y en la sección de antiguos alumnos se pone a escarbar entre cientos de miles de nombres de chicos que han pasado por las aulas del colegio de Santo Domingo.

Al final logra encontrar un nombre que coincide con el que le ha dicho el joven misterioso.

Pero algo no cuadra, ese nombre no puede ser porque ese chico… ese chico hace mucho tiempo que estudió allí y además…

Sumido en sus pensamientos no se da cuenta de que ha perdido medio día buscando entre los archivos. Se marcha al despacho y una vez allí no consigue quitarse de la cabeza el misterio.



Cuando llega de nuevo la noche, se dirige con paso decidido al aula y abre la puerta.

El joven vuelve a mirarlo con esos ojos que parecen vacíos, más oscuros de lo normal.

El profesor suelta todo el discurso que mentalmente había preparado para la ocasión y por último le pregunta si su nombre correcto es P.F.

El chico le responde afirmativamente y el profesor se siente ofendido porque cree que el muchacho está haciendo una gamberradada al intentar suplantar la identidad de un alumno que pertenece al siglo pasado.

Entonces el profesor le dice al joven:

Sabes que eso no puede ser porque ese chico murió en el año 1909.

El silencio se apodera de la habitación en donde permanecen los dos sujetos.
El niño abre la boca y como un gélido golpe de viento que golpea bruscamente su cara el profesor escucha las palabras que sabe jamás podrá olvidar el resto de su vida.

-        Sí, soy yo. Estoy muerto.

El profesor entra en cólera por que cree de veras que aquel joven está suplantando la identidad de una persona fallecida y se dirige a él con la intención de echarle un puro y mandarlo a casa acompañado de un soberano castigo.



Conforme va llegando al muchacho, observa para su espanto que lo que de lejos parecía un cuerpo sólido, no es más que algo incorpóreo y que al mismo tiempo está rodeado de una luz imposible que no parece ser emitida por objeto humano alguno.

El profesor no llegó a acercarse hasta donde se encontraba el muchacho.

Al día siguiente lo encontraron petrificado en estado de shock en el mismo lugar en donde había detenido su avance hacia al chico.

No volvió a recuperarse de aquello y fue internado en un psiquiátrico.

La leyenda de este hecho corrió como la pólvora por todos los colegios e institutos de España e imagino que del mundo convirtiéndose en leyenda urbana y fue transmitida de boca en boca y de generación en generación por los siglos de los siglos.


*Célebres fueron las pesadillas que el maestro de la narrativa, Gabriel Miró, tuvo en sus interminables horas cuando desde los ocho años de edad fue internado en el Colegio Santo Domingo.

Una de las causas que tanto pesar le imprimieron al carácter de nuestro novelista fue la que él mismo relató en una de sus obras y que casualmente coincide con algunos detalles del origen de la Leyenda del alumno fantasma del Colegio Santo Domingo.

Este es el relato:

-¡Si hubiese conocido usted al señor Cuenca!

-¿Quién es ese señor?

-En los colegios de los Jesuitas hablan de «usted» y tratan de «señor» a todos los educandos, aunque sean muy chiquitines. Ya sé que lo sabe. Yo entré a los ocho años en Santo Domingo, y me pasmaba tanto «usted» y tanto «señor» en boca de aquellos sabios sacerdotes gravísimos con gafas relucientes, cuando en mi casa me tuteaban las criadas; pero todavía me maravillaba más que se lo dijesen a un rapazuelo que estaba a mi lado; yo traía pantalones largos, pero los de mi vecino eran cortos y llevaba medias. Es que era mucho menor que yo: delgadito, pálido, muy triste, distraído; las manitas siempre manchadas de tinta; las cintas del calzoncillo y los cordones de las botas desceñidos y colgando. Se llamaba Cuenca. Pero ya sabe que allí se le decía señor Cuenca. «¡Señor Cuenca, señor Cuenca!», pronunciaba seco, imponente, el Hermano Inspector. Yo miraba a mi compañero, que tenía la cabecita hundida entre sus brazos, cruzados sobre el pupitre. Y el Inspector murmuraba: «Señor Sigüenza, sacuda al señor Cuenca, que está durmiendo». Yo le despertaba. El señor Cuenca abría sus grandes ojos, velados de tristeza y de sueño; mirábame pasmado, se desperezaba y sonreía, perdonándome. Tronaba la voz del Hermano. Y el señor Cuenca alzaba los hombros y me preguntaba: «Pero ¿qué dice el Hermano?».- «Pues dice que te pongas de rodillas».- «¡De rodillas! ¿Para qué?».

El señor Cuenca se arrodillaba.- «Señor Cuenca, señor Cuenca, tendrá usted una mala nota en aliño; ¿no ve usted que se le caen las medias?».

Casi siempre había yo de subírselas; eran unas calzas de lana gorda y blanca, hechas en su casa manchega por las manos del ama del señor Cuenca; y había yo de ceñírselas, que el señor Cuenca no sabía hacerse la lazada de las ataderas. Al lado del señor Cuenca creíame yo un hombre grande, protector, y le sonreía paternalmente...

Vino la semana de Ejercicios Espirituales. La pasábamos sin hablar, haciendo examen de conciencia, oyendo pláticas sobre el Pecado, la Muerte, el Infierno, el Purgatorio, la Salvación... Las ventanas de la capilla estaban entonces casi cerradas; el altar, todo colgado de negro. Cuando cantábamos el «¡Perdón... oh... oh, Dios mío!», gritábamos desesperadamente, no sólo porque implorásemos la gracia con encendido ahínco, sino también por vengarnos de nuestro silencio... Y el señor Cuenca no cantaba; cerraba los ojos y doblaba su cabecita, descansándola en mi hombro izquierdo. Yo le decía: -«¡Te advierto que nos van a castigar a los dos!».- Y el señor Cuenca sonreía sin mirarme. Estaba muy blanco, con dos arruguitas junto a los labios, como si fuese a sollozar, y murmuraba: -«¡Me duele más la frente!».

El último día de Ejercicios, en vez del señor Cuenca se puso a mi lado otro niño gordo, colorado, quieto y muy devoto. Yo le pregunté: «¿Y Cuenca? Tú, ¿dónde está Cuenca?». Pero esa criatura ni me contestó. En el recreo le pedí permiso al Hermano para hablarle, y no quiso otorgármelo. Y acabada la semana de silencio, cuando todos los colegiales prorrumpieron en su primer grito libre, expansivo, gozoso, corrí al lado del Inspector y le pregunté por el señor Cuenca. «¿Todavía no sabe que preguntar es una grave falta? No lo vuelva a hacer», me dijo.

Me aparté mohíno y humillado, pensando en el señor Cuenca. ¿Por qué no estaba ya con nosotros aquel niño pálido, chiquitín, dulce y mustio que cuando sonreía daba más lástima que si llorase?... ¿Dónde estaría mi camarada con sus pantaloncitos color de oliva y sus medias blancas, flojas, rugosas, que no sabía atarse y estaban implorando las manos de la madre, o siquiera las del ama del señor Cuenca?

...Pasados dos días, después del primer recreo de la tarde, no fuimos a los estudios, sino al dormitorio, y al entrar en las camarillas ordenó el Inspector: -«Uniforme de gala, abrigos y gorra».

Nos vestimos pasmados. ¿Dónde iríamos con ese traje siendo miércoles?

Bajamos a los claustros. ¡Señor, qué pasaría! ¿Es que llegaría el Reverendo Padre Provincial? ¡Sí, sí; el Padre Provincial sería, que acaso nos concediese en memoria de su visita alguna fiesta, una comida extraordinaria en el campo!... ¡Y el señor Cuenca que no estaba! ¡Tanto como nos divertiríamos! Pero ¿dónde estaba Cuenca?

Entramos en la iglesia. Y me estremecí angustiadamente. El cabello y las sienes me sudaban un hielo derretido.


En el presbiterio había un ataúd estrecho, blanco, rodeado de cirios, y dentro de la caja, muy amarillo y muy largo, vi al pobre señor Cuenca, que me sonrió, ¡a mí me sonrió, lo juro!, y me sonreía como mostrándome sus pantaloncitos largos del uniforme de gala.


LA LEYENDA IMPROVISADA:

He de decir que me confieso culpable de haber promovido historias oscuras sobre mi antiguo colegio.

Recuerdo que en una ocasión, cuando era un adolescente, en unos ejercicios de estudio y convivencia que hice con algunos otros compañeros de clase en mi colegio durante un fin de semana, me encontraba más animado de lo habitual y me puse a contar historias de miedo aprovechando el calor que me proporcionaban el resto de mis compañeros.

Fue durante una de aquellas charlas que nos impartían para mejorar nuestras dotes de comunicación y convivencia.
Me puse a largar sobre una supuesta leyenda en el colegio de un visitante que caminaba por la noche por los lugares más recónditos del colegio.
Mientras yo iba contando, recuerdo a algunos de los otros compañeros que se hacían señas como queriendo indicarse entre ellos que esa misma noche debían de quedar para pasar una experiencia que jamás pudieran olvidar.


Recuerdo a Pablo Vidal, nuestro ex-concejal y a su cuñado Vicente el Yuyu que escuchaban sin parpadear mirándose los unos a los otros con aire de complicidad.

Luego me enteré de que aquella misma noche habían quedado para meterse dentro de la Iglesia para curiosear un poco entre las sombras bajo la oscuridad de la noche,.

Sé que huyeron despavoridos al producirse de repente un brusco ruido que ninguno supo explicar.

Aún así me contaron que había sido el padre Andréu el que había querido gastarles una broma para que volvieran todos a sus respectivas habitaciones y se estuvieran quietos el resto de la noche.

Y eso es lo que todavía hoy día siguen asegurándome los testigos de lo que ocurrió aquella noche.

Es gracioso que ellos no saben que poco tiempo después interrogué al mencionado sacerdote y me aseguró que el no había tenido nada que ver.

Por tanto, lo que provocó el susto de aquella noche quedará para siempre dentro del campo del misterio.

Otra de las cosas que hizo que la leyenda del monje errante creciera fue otra de esas noches que nos quedamos en el colegio también de ejercicios de convivencia (por aquel entonces era algo que hacíamos muy a menudo) estábamos esperando en la puerta de lo que llamábamos la sala de estudio a que el resto de compañeros fueran llegando.



De repente, oímos un alarido de terror y corrimos hacia el lugar de donde partía la voz de la chica que no paraba de temblar de nombre Natalia. (Sí, la amiga íntima de Consuelo).

Aquella noche nos aseguró que había visto un par de luces de color naranja bajando por las escaleras como dos ojos que te observan y se acercan a ti sin pestañear.

Así que con un poco de allí y otro poco de allá se fue forjando una leyenda de fantasmas en el colegio de la que me declaro culpable.

Y claro, uno se hace mayor y tiene que abandonar los lugares en donde se ha criado y en donde ha estudiado desde pequeño.

Pero resulta que poco tiempo después me entero de que la leyenda del monje errante sigue más viva que nunca entre los nuevos alumnos de Santo Domingo y que incluso en una ocasión varios de ellos se juntan para formar un grupo con el que rodaron un cortometraje que tiene por título: LA NOCHE DEL MONJE.

Sin quererlo, la huella que hemos dejado en el colegio se hace más grande al haber sido secundados por otros jóvenes alumnos que al igual que nosotros son amantes de los temas del misterio y que incluso esta vez con la cámara al hombro y bajo un guión de película se han atrevido a rodar una pequeña secuencia que no hace otra cosa que acrecentar el legado de nuestros primeros pasos.

Uno de esos jóvenes que aparece en el cortometraje como actor es Pablo Riquelme el tan laureado y premiado autor oriolano de cortometrajes.

Aquí podéis ver el corto:




Nada más que decir al respecto. Lo próximo que contaré será la terrible verdad que asola las viejísimas paredes de este centro.



LA REALIDAD.

Pongámonos serios ya de una vez  y pasemos al meollo de la cuestión.
Como investigador de sucesos extraordinarios y misterios en la ciudad de Orihuela puedo asegurarles que todo lo escrito anteriormente no es más que papel mojado comparado con lo que voy a relatarles ahora.

Habiendo iniciado mis investigaciones y partiendo de largas horas escuchando testimonios y hurgando entre interminables libros me encuentro preparado para contarles todo lo que he averiguado.

El problema que siempre me encuentro al intentar sondear a los jóvenes que son testigos de sucesos paranormales en un lugar donde precisamente abundan los jóvenes es que la juventud goza de una imaginación impecable.

Y entonces ellos mismos, aún habiendo sido víctimas del fenómeno no son conscientes del mismo en el momento en el que ocurre.



Por ejemplo, me he topado con niños que recuerdan con tal naturalidad como jugando en el patio de Lourdes con un balón, han visto como esa pelota ha iniciado un movimiento fuera de lo normal ajeno a ellos mismos y moviéndose por el suelo como si alguien con un mando y un control remoto hubiera tomado posesión de él.
Otros han sido los que me cuentan de ocasiones que habiéndose caído de grandes alturas desde por ejemplo la montaña han notado como si una mano invisible hubiera impedido su caída sujetándolos en el último momento.

Claro, al ser jóvenes, apenas unos días después ya no son conscientes de lo que les ha sucedido y son pocos los que recuerdan el hecho con algo de temor y que gracias a Dios han sido con los que he tenido la suerte de haber hablado.

Uno de los casos más extraños que me han relatado cuenta de una ocasión que marchando todos hacia clase, subiendo las escaleras de la fotografía sintió como una fuerza lo empujó hacia arriba golpeándose incluso contra la pared de enfrente.



Algunos lo han achacado a gamberradas de otros compañeros pero hay otros que no están tan seguros porque afirman que el que iba justo detrás de él no habría podido ser capaz al hallarse alejado lo suficiente.

Tengo varios casos de alumnos que aseguran haber sentido tirones de pelo inexplicables cuando no había habido nadie a su alrededor.

En una ocasión, un pupitre que se encontraba en una posición durante la última clase, al regresar del recreo se encontró con que estaba en una posición diferente y lo mismo ocurría con algunos objetos que se habían quedado en las clases como los libros o los bolígrafos.

Otro caso muy extraño que recuerdo y de esto puedo hablar en primera persona porque fui testigo directo del hecho fue ver como uno de mis bolígrafos cayó hacia el suelo pero en vez de caer rápido por la fuerza de la gravedad, una mano invisible parecía haberlo agarrado en el aire y haberlo bajado a cámara lenta.


Luego está el caso que ya recogí en este mismo blog de tres hermanos que jugaban junto a las ruinas del patio de Lourdes y sufriendo el espantoso accidente de una roca que se desprendió rompiéndole todos los dientes al hermano más pequeño sintieron como si una fuerza otra vez invisible los ayudaba a levantar la roca que pasaba casi más que los tres juntos.

Tal como fuere, sé de algo que hay en este lugar, por lo que parece principalmente de nobles intenciones aunque a veces juguetón, si es el mismo ente, y que quizás podría tratarse del monje que realmente falleció en el patio de Lourdes de manera inexplicable y que curiosamente es protagonista sin querer de la historia de miedo que se cuenta en el Cortometraje LA NOCHE DEL MONJE.

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