lunes, 20 de noviembre de 2017

La Oriolana que fue mandada llamar para curar el mal del Conde de Barcelona


Si una cosa podemos destacar de la baja edad media era que el papel de la mujer en la sociedad de aquella época era meramente decorativo.

Un mundo salvaje en donde los hombres eran los que dominaban las artes, las ciencias, el gobierno, las guerras.

La mujer era utilizada como instrumento para perpetuar la estirpe de los varones, las sagas familiares.

Por eso cuando una mujer casada seguramente por contrato, por decisión meramente económica y para satisfacer demandas que nada tiene que ver con el amor, si resulta que la mujer no daba la descendencia que se esperaba de ella se convertía en un estorbo para los parientes.

Por eso no es de extrañar que los conventos estuviesen abarrotados de mujeres desechadas que ya no servían a la causa.

Por tanto, esto es lo que se nos hace más extraño.

Porque vamos a hablar de una figura de la que apenas quedan datos, tan sólo unas menciones en viejos libros o documentos pertenecientes a esos tiempos.

Lo verdaderamente curioso es que a esa persona del sexo femenino se la denomine “médica” en un tiempo en que las ciencias sanatorias eran practicadas única y principalmente por varones.


Cuentan las crónicas antiguas que en los tiempos del rey Juan I que había ocupado la Corona de Aragón en 1387 tras la muerte de Pedro el Ceremonioso, el monarca se entraba atareado por sus diversas ocupaciones entre ellas la caza, pero también el estudio de las estrellas y la alquimia.

Cuando Pedro IV el Ceremonioso falleció, la Corona de Aragón estaba extenuada, las guerras habían vaciado las arcas del tesoro, y los rebrotes acompasados de la peste amenazaban a todo el mundo, incluso a la familia real. Ante tal desfavorable coyuntura, el infante Juan no parecía el hombre adecuado para cambiar el rumbo de la situación.

Era un lejano enero de 1387 cuando se enteró de la muerte de su padre, el futuro rey estaba convaleciente de una grave enfermedad, posiblemente epilepsia. La persistencia de la extraña dolencia alimentó las sospechas de que el nuevo rey hubiera sido embrujado. La reina Violante de Bar, esposa de Juan I, difundió entre sus embajadores que el rey había sido hechizado a través de construcciones y sortilegios de imágenes. Ante la extrema gravedad de la situación, Violante, mandó llamar a Barcelona a los mejores expertos en medicina entre los cuales había astrólogos, nigromantes y sabios venidos de París o Aviñón. Incluso en un momento de máxima desesperación, la reina Violante prometió no llevar más perlas ni joyas preciosas en las vestiduras si Juan I sobrevivía a los presuntos sortilegios. Superada por los hechos, la mencionada reina también estudió el libro de nigromancia Cigonina escrito por el Obispo de Barcelona Jaime Sitjó, en busca de un remedio.

Mientras, el rey también sacaba fuerzas de flaqueza para peregrinar al santuario de Monserrat y encomendarse a la Virgen.

Había dado orden a sus consejeros de que todos aquellos libros que trataran sobre los temas de su interés fueran localizados y llevados a su presencia.

Creyente de hechizos y sortilegios mágicos, mandó llamar a un prior y le solicitó que le construyese unos anillos que le pudieran servir para defenderse contra maleficios.

Juan I, a la desesperada, solicitó los servicios del famoso médico Ibrahim de Xátiva y finalmente de un personaje femenino misterioso que tenía muy buena fama por entonces de la ciudad de Oriola: ques metgessa e guarey algunes malaties fortunals. (Que es médica y proteger al rey de algunas enfermedades que no se sabe la causa).

En otoño de 1387 Juan I, El Cazador, sanó de su enfermedad.


Pero a nosotros nos queda la duda:

¿Quién fue aquella oriolana desconocida que fue llamada para curar los males, la enfermedad extraña que aquejaba el monarca de la Corona de Aragón?

¿Fue una bruja, una curandera? Lo dudo pues los vocablos catalanes o aragoneses para tales personajes para nada tienen que ver con la denominación “metgessa” (médica) que encontramos en los documentos que se refieren a ella.

¿Será posible que esta tierra de Armengolas, esta Orihuelica del Señor sea el lugar dónde las mujeres más fuerza cobran de todo el país? 


Poner a una mujer oriolana a la misma altura de un sanador de origen árabe, o de los mejores sanadores de la Corte Europea, es poner el listón muy alto. Y más si cabe, para intentar sanar al que fue El Conde de Barcelona.

FUENTES: 
Breve historia de la Corona de Aragón -  David González Ruiz
La Valencia del más allá - Rafael Solaz


sábado, 11 de noviembre de 2017

Los ritos funerarios de los antiguos íberos oriolanos



En los tiempos en que los íberos poblaban las tierras de Orihuela (VI a.C.,“Ibérico Antiguo”) se celebraban una serie de ritos.


Estos emplazamientos estaban situados principalmente en la ladera de San Antón, Los Saladares y San Miguel.

Los íberos se preocuparon mucho por la continuación de la vida en el más allá, intentando perpetuar en sus tumbas la misma estructura social. Prueba de este interés ultraterrenal es que algunas de las mejores muestras de arquitectura y escultura íberas se dan en este campo, especialmente en la zona sur.

Una costumbre funeraria era la incineración de los cadáveres. Moda que duraría hasta bien entrada la romanización y cuyo sentido religioso viene a decir que se trataba de una forma de purificar el cuerpo a través del fuego.

Se ataviaba al difunto con sus mejores galas y con los objetos de más valor para el fallecido.

Si este era militar se le enterraba con su arma colocada en posición doblada con la intención de dar a entender que el arma moría con el difunto. Pero si había ejercido algún tipo de oficio, se le acompañaba de su herramienta más importante.

El cortejo fúnebre iba formado por mujeres que con llanto desconsolado escoltaban al resto de la comitiva algunas veces portando un recipiente donde iban recogiendo sus lágrimas para luego acompañar a las cenizas del muerto. Junto a ellas, algunos músicos tocaban sus instrumentos primitivos haciendo sonar las notas del dolor. A paso lento unos caballos y sus jinetes caminaban junto al grupo del que por encima de todo destacaban los familiares que portaban los restos.

La procesión se trasladaba desde la casa del muerto hasta la necrópolis.

Durante la cremación en la pira se realizaban libaciones, arrojándose a la hoguera perfumes y otras ofrendas.

Las cenizas se recogían conjuntamente con algunos huesos que se seleccionaban  de entre los restos y eran encerrados en el bustum (sepultura) dentro de un recipiente cerámico y rodeadas de otros objetos pertenecientes al ajuar del difunto  como ropajes y enseres.

Para completar el ceremonial, podían celebrarse banquetes o fuegos funerarios.

Tenemos casos especiales en los que la urna funeraria era sustituida por una escultura en piedra por ejemplo a la diosa de la fecundidad.

Se conservan algunos relieves que representan a una cabeza de quimera con los pelos erizados y dientes bien definidos que se asemejan a las actuales representaciones demoniacas. 




Los utensilios rituales utilizados eran una especie de pebeteros donde se quemaban sustancias aromáticas, jarros de bronce, vasos cerámicos o braseros pequeños.


En las creencias religiosas íberas se trataba al lince como al Caronte Griego, aquel que transportaba a los muertos. Conjuntamente con el buitre que se ocupaba de los muertos caídos en batalla.


Leyendas de la Aparecida: La Chica de la Curva


Era una noche oscura y nada presagiaba que fuera a ocurrir algo bueno.

Un coche se dirigía por una de las carreteras que llevan al pueblo de la Aparecida con una chica en su interior.

No se sabe si pon un despiste, o por otro motivo desconocido, el coche se salió en la curva estrellándose y dejando en la carretera las marcas de los neumáticos.

Cuando llegaron los servicios de urgencias se toparon con la realidad fatídica y terrible.

Su conductora había fallecido en la flor de la vida. Una hermosa joven que apenas había vivido sus primeros años de juventud.

Desde ese terrible día, son muchos los que cuentan que viajando a horas de madrugada al pasar por aquella misma carretera que fue escenario del trágico accidente, han podido contemplar con las luces de su coche a una persona que hace señas para que detengan el coche.

Por supuesto, nadie o casi nadie se han atrevido a detener su vehículo por temor a que aquello no sea una persona real de carne y hueso.

Y los pocos que se han atrevido a parar el coche, se han topado con un misterio que a día de hoy sigue torturándoles la cabeza.

Cuentan que esa muchacha de aspecto famélico y con el rostro blanquecino extiende su mano señalando hacia el pueblo y con muy pocas palabras se hace entender que ese es su destino.

El último caso, una familia de tres integrantes que regresaba de una boda, detuvo el coche para subir a la joven en el asiento de atrás.

El niño se encontraba durmiendo así que por suerte nunca se enteró de lo que allí sucedió.

El matrimonio intentó mantener una conversación con la muchacha pero aquella permaneció unos instantes en completo silencio.

La pareja ya empezaba a notarse contrariada y un poco molesta ante la actitud de la chica pero en un momento dado, la joven hizo detener el vehículo.

Sus últimas palabras fueron: “En esta curva me maté yo”.

Relata a la pareja que al escuchar aquellas siniestras palabras no dieron crédito a la broma de la que creían estar siendo víctimas.

Al mirar hacia a atrás para pedir explicaciones a la joven autoestopista se dieron cuenta de que el asiento de atrás estaba completamente vacío a excepción de su pequeño.

¿Dónde fue a parar la chica?

¿Cómo salió del vehículo sin abrir ninguna de las puertas?

¿Es realmente el espíritu de la Leyenda Urbana la que vaga por estos lares?

No se sabe a ciencia cierto, lo que sí conocemos es la lista de lugares de España en donde casos similares han ocurrido que registró el programa de radio MILENIO 3 de la Cadena SER.

En esa lista aparece la curva de la Aparecida como punto clave.



FUENTE: Cuadernos de etnografía (José Ojeda Nieto)


jueves, 9 de noviembre de 2017

Leyendas de Bigastro: La Leyenda del Pueblo del Saco


¿Quién no recuerda de pequeñito cuando nuestras madres intentaban darnos de comer y nosotros mostrábamos una actitud obstinada y reticente y nos poníamos de morros?

Nuestras madres no tenían más remedio que amenazarnos y nos decían que si no éramos buenos y nos comíamos toda la comida, vendría el hombre del saco y nos llevaría?

Este término del “Saco” viene acompañando a los vecinos de Bigastro desde tiempos que ya no se recuerdan.

Pero a diferencia de la auténtica historia del hombre del saco, basado en los sucesos acontecidos en el pueblo de Gádor en la provincia de Almería en 1910 promovidos por un curandero conocido como Leona y que acabó con la vida de un niño de la que se extrajo su fluido vital para intentar curar los males de un tuberculoso, en nuestra localidad vecina no tiene un origen tan dramático.

Resulta que después de la guerra española, la gente se vio obligada ante la necesidad, a robar el sustento más básico para no perecer. El alimento.

Quiso la causalidad o bien, la fatalidad para aquellos que eran capturados con las manos en la masa, que todos ellos fueran vecinos de Bigastro. Parece ser que los demás chorizos tenían mejor facultades para salir a la carrera y que no fueran sorprendidos.

Así, poco a poco, fue extendiéndose la mala fama de que todos los de Bigastro eran unos ladrones y como siempre que eran detenidos tenían el botín de sus incursiones en el interior de sacos, corrió como la pólvora el rumor.

Así de este modo, el pueblo pasó a conocerse por toda España como el Pueblo del Saco.


FUENTE: Cuadernos de etnografía (José Ojeda Nieto)

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Leyendas de Dolores: La Leyenda de los Santos


Nadie parece querer recordar que no hace mucho tiempo los seres humanos, esos que eran nuestros vecinos, nuestros propios hermanos y familiares, dejaron que la neblina de la barbarie les cegara y se dejaran llevar por un ambiente anti eclesiástico que se propagó por toda España como la pólvora en los días que precedieron a la contienda que enfrentó y dividió a nuestro país en dos partes.

Los milicianos la tomaron con las iglesias y con todo el patrimonio que había en su interior y en las fachadas y el daño artístico que provocaron no puede medirse o tasarse con una cantidad de dinero porque algunas de las obras que destruyeron no tienen precio.

Por eso, fruto de aquellos días salvajes, nos han llegado cientos de historias, unas en forma de leyendas, otras con visos de realidad vestidas con un fino manto de misticismo de la que voy a destacar una.

Cuentan del pueblo de Dolores, que en una de estas ocasiones, un grupo de milicianos estaban sacando a la fuerza y contra la voluntad del pueblo las figuras de los santos que se guardaban en su iglesia.

Un miliciano se quedó mirando de frente la talla de San Juan y con rebeldía le escupió estas palabras:

- ¿Tú que señalas?

Y justo después le rompió el brazo que había permanecido hasta ese día en posición semi horizontal con un dedo extendido.

Pocos días después se supo que aquel hombre se había marchado a combatir a la guerra y que en ella había perdido justamente el mismo brazo que le había roto a la figura.

Aquel mismo día de la barbarie, otro miliciano que se fijó en la talla de nuestro Señor Jesucristo observó que las piernas le sobresalían y de igual modo que a San Juan le habían roto el brazo, a Cristo le rompieron las piernas.

Pues bien, se sabe que este hombre regresó herido del frente en una camilla y sin piernas.

Los actos vandálicos de aquel día no se habían terminado, ya que uno de los milicianos que jugaba con una pistola se enfrentó a la talla de la Virgen y retó a los demás a que tuviesen el valor de dispararle a la frente.

Como nadie quiso hacerlo, él mismo apuntó hacia la figura y dejó que el arma descargara una bala que impactó sobre la zona de los ojos.

Y poco después sabemos por él mismo que regresó arrepentido y pidiendo perdón por haber dañado la figura de la Virgen que tanto adoraba y amaba el pueblo y que por ello se le había castigado y privado del don más preciado que podamos tener las personas, la capacidad de ver.



FUENTE: Cuadernos de etnografía (José Ojeda Nieto)