viernes, 30 de septiembre de 2016

GUAYÚ: El licor del Colegio Santo Domingo


A comienzos del siglo XX, un fraile capuchino creó con sus propias manos, un licor de agradable sabor que lentamente fue ganándose las simpatías de los bebedores locales.

Se dice de este licor y de su fórmula mágica ya desaparecida, que constaba de un poco de incienso además de alguna fruta.

Con el paso del tiempo, la bebida se hizo más popular y llegó a venderse muy bien en toda la Vega Baja y alrededores, llegando incluso a saborearse en Valencia.

La bebida tuvo tal aceptación,  que muy pronto se constituyó una sociedad en acciones para explotar en serio el negocio.

Lamentablemente, el padre capuchino inventor del procedimiento de fabricación falleció sin darle tiempo a dejar la fórmula en manos de otra persona. Llevándosela al otro barrio con él.

La sociedad que se había constituido, se disolvió.

Pero un acertadísimo accionista de nombre Jacobo Gómez, con un golpe de maestría, se quedó como único accionista y con todas las existencias del licor, miles de litros, que ya estaban fabricadas y almacenadas a la espera de su comercialización.

Poco tiempo después, el producto se agotó y se empezó a comercializar otro líquido de similares características pero que había perdido toda su esencia.

Entonces hicieron correr la renovada leyenda de que el licor GUAYÚ había sido traído de tierras extrañas por un monje capuchino que viajó a la Guajira en misión evangelizadora.

El caso es que del producto original, no queda nada.

La foto muestra una etiqueta de las Destilerías Payá de Orihuela, de una botella que salió a la venta en 1947.

FUENTE: 
Joaquín Belda 1923

MÁS INFORMACIÓN EN:
https://www.facebook.com/ajomalbaoriola/posts/1735373023147939:0

martes, 27 de septiembre de 2016

La Posada de Pizana


Fueron unos sencillos escombros el lugar en donde se edificó el Casino de Orihuela, centro de recreo confortable, elegante y espacioso.

Señores de intachable reputación, algunos políticos que mantenían acaloradas discusiones con sus rivales, incansables jugadores de dominó, cartas o lo que se ofreciese, además de la alegre juventud bulliciosa, bromista e inquieta.

Pero no siempre había sido así.

En aquel mismo sitio donde discutían ahora existió hace tiempo una posada de gran nombradía con más de mil quinientos metros cuadrados de superficie en la que se reunían todos los trajinantes de la región además de carreteros y gente de no muy buena fama y que en tiempos de la guerra carlista (cantonalista) a ella acudieron los soldados de Antonete a llevarse los caballos que en sus cuadras había.



Por los venturosos años de la segunda mitad del pasado siglo, en que nuestros padres vivían felices a pesar de haber algunos ensayos revolucionarios y alumbrar sus casas con mortecinas luces de petróleo, existía en Orihuela una posada famosa enclavada en el mismo corazón de la ciudad.

La Posada de Pizana -que así se llamaba- era la más antigua de la levantina población, la más típica y la más visitada por cuántos viajeros llegaban, cansados y condolidos después de sufrir las molestias de un viaje en diligencia; aquellas diligencias que rodaban trabajosamente a lo largo de carreteras mal cuidadas, veredas y caminos. 

Y allí, en la posada prestigiosa y de nombre conocido en toda la región, habitaba un matrimonio de ejemplares costumbres, al amparo de cuya posada vivían, dándole el impulso cotidiano para su buena marcha, con el trabajo constante y el esfuerzo animoso de unas vidas llenas de fructíferos amores y sinceras esperanzas:

Francisco Ferrer, natural de Murcia y Luisa (Ons) de Orihuela, eran los posaderos de la Posada de Pizana. 

La mitad de Orihuela, completamente transformada hoy por la marcha más o menos acelerada que los años animan a los pueblos, en aquel entonces presentaba las características genuinas de ciudad levantina, pletórica de pintorescos atractivos y rebosante de bellezas naturales.

Entre sus calles, la mayoría de ellas estrechas, sin pavimentar, con casas de un solo piso, entre las que sobresalía algún suntuoso palacio albergue de nobles señores, la de los Hostales, importante arteria de la ciudad orcelitana en el siglo XIX, tenía sencillas líneas que ocupaba casi por completo la acera enfrentada hacia el Levante. 

Y esta fachada guardaba en su interior a la Posada de Pizana. 

Desembocaba en el río Segura la calle de los Hostales, río que atraviesa de parte a parte la ciudad y alimenta con sus aguas la hermosa huerta que la rodea y que constituye su única riqueza. 

Por el otro extremo, la calle se bifurcaba, formando dos esquinas rectangulares, llamados también estos dos brazos, Hostales, como el tramo del cual nacían. 

En la esquina izquierda, mirando al Norte, estaba la entrada principal de la posada en qué Luisa trabajaba sin descanso, pues era ella y no su marido Francisco, el alma de aquel célebre parador. 

A los Hostales daban alegría una serie de rejas, todas iguales, por donde el sol penetraba el los humildes aposentos de la posada. 

Bajo estas rejas, coincidiendo con cada una de ellas y simétricamente colocadas, otras rejas pequeñitas facilitaban no muy fácil respiro a las cuadras largas, sucias y malolientes, adosadas a los cimientos del amplio edificio. 

Sobre las rejas grandes, no había ya nada más que el alero de los tejados adornados estos en los meses que las golondrinas vienen, por sinfín de nidos redondos, hechos de barro recogido de las orillas del río y que daban alegría a la calle con el piar alborotado de los hijuelos en constante llamada a los padres. 

Calle de los Hostales, estrecha, con un palmo de fango cuando llovía, con los viejos y oxidados faroles de petróleo en las esquinas, con los nidos de golondrinas en el alero del tejado de la Posada de Pizana y con más rejas de la misma posada, motivo de admiración para los habitantes de la ciudad durante la mitad clara del día, y de especial curiosidad e ilusión romántica por parte de los mozos en las noches de ronda, porque detrás de los hierros de una, de la más cercana al río, respiraba el aire húmedo de Orihuela una mujer joven, candorosa y bella: Encarnación Ferrer Ons. 

Luisa, la posadera, mujer de regular estatura, pelo castaño, nariz ancha y ojos muy vivos, llevaba por entero el gobierno de su posada, entendiéndose ella directamente con carreteros, traficantes, gañanes y cuántos viajeros en su casa se hospedaban. 

Alma y vida de la Posada de Pizana, esta buena mujer daba impulso al negocio con su despierta inteligencia, y ella era la que atendía con frases halagadoras a los que al ancho y cuadrado patio entraban, montados en mulos, caballos, carros y diligencias, hasta dejarlos acomodados en los respectivos aposentos.

Porque la posada tenía un amplio patio con porchada a su alrededor, en donde colocaba coches y carros y un pozo en el centro, con hermoso brocal de piedra oscura de una sola pieza, a cuyo lado, un largo abrevadero mostraba las aguas limpias y cristalinas que del pozo sacaba a pozales el mozo de cuadras. 

Y esta agua, clara y dulce, apagaba la sed de animales sudorosos y cansados, refrescaba las piedras del patio y aliviaba los ardores de garganta enrojecidas por la absenta y el aguardiente. 

Pozo de aguas puras, con las que Encarnación regaba los geranios y claveles que adornaban su reja, tapada en parte sus puertas por una cortina azul; pozo de cuyas aguas bebían los palomos de Francisco, marido de Luisa. 

Francisco Ferrer ayudaba a su esposa en algunos quehaceres cuando sus ocupaciones de negociante se lo permitían.

El posadero se dedicaba a la compra y venta de cereales, patatas y pimientos, ganando con estas operaciones algún dinero, que, unido al producto que daba la posada, sirvió para poder dar carrera a dos de sus hijos, la de abogado a uno y la de médico al otro, ocupando a los otros hijos en el mismo negocio al que él se dedicaba.

Encarnación, única hija de Francisco y de Luisa, gozaba en Orihuela de merecida fama como mujer hermosa. 

Esbelta, de cabellos castaños claros, casi rubios, de cutis blanco y sonrosado, de expresivos ojos, candorosos y llenos de bondad al mirar, esta muchacha no gustaba de muchas amistades, siendo por lo tanto muy reducido el número de personas a las que trataba. 

Algo retraída, pasada su vida en su cuartito de la Posada de Pizana, distraída en las labores propias de su sexo, sentada en la baja silla de asiento de anea adosada a los hierros de su reja cubierta en parte por la cortina azul. 

Frente a la reja paseaban a diario apuestos jóvenes prendados de la belleza y noble simpatía de Encarnación, pero esta nunca correspondía a requerimientos ni a insinuaciones de amor. 

La guapa hija de los posaderos se destacaba en la ordinaria vida del parador de Pizana y, seguramente, la lucecita que alumbraba a su destino, en el cual esperanzado, confiaba, alentávale a esperar, día tras día, la hora de su felicidad. 

Y, en efecto, el amor y la felicidad llegó en la persona de Juan Miró, natural de Alcoy e Ingeniero de Caminos adscrito a la Jefatura de Obras Públicas de Alicante. 

Desde que Juan Miró, de figura apuesta y elegante, hizo su entrada por primera vez a la Posada de Pizana, en la cual se hospedó, Encarnación siente latir su pecho un poco más aceleradamente, cuida sus claveles y geranios con más cariño, atiende a los palomos de su padre con más interés, esparciendo por el terrado los granos de trigo abundosamente, que los blancos e inocentes animalitos pican con deseo. 

El amor ha envuelto la cabeza de Encarnación con su fija y espesa red, de la que ella, complacida, no quiere escapar.

Encarnación Ferrer está enamorada, y Encarnación Ferrer ha correspondido afirmativamente, con cierta timidez, a los requerimientos amorosos de Juan Miró.

Desde ese momento, la hija de Luisa abandona en parte su acostumbrado retraimiento, sus frescas y rosadas mejillas denotan más alegría, su mirada manifiesta claramente felicidad y dicha infinita.

Pero entonces comenzaron los diversos comentarios de beatas, comadres y mozos desairados haciéndose cábalas para todos los gustos, unas buenas y otras mal intencionadas, debido a que por aquel tiempo se comentaba con exceso de crudeza aspectos de la vida social de Orihuela, comentarios consecutivos a la llegada de ingenieros, capataces y obreros destinados a las obras de la línea del ferrocarril entre Murcia y Alicante. 

“Llegó una multitud.” 

Había catalanes, andaluces, extremeños y “gabachos”. 

Ingenieros y sobreestantes franceses, grandes y rubios. 

Listeros, capataces, furrieles. 

Un ejército de invasión, con sus carros y toldos, y como todos los ejércitos, le seguía una nube de galloferos, de mercaderes y abastecedores de “sensualidad”. 

La posada de Luisa se vio muy concurrida durante el tiempo que duraron las obras del ferrocarril. A ella acudían algunos obreros en demanda de las sabrosas comidas que en su espaciosa cocina se condimentaban. 

También allí se hospedaban los ingenieros y capataces, ocupando aquellos cuartos reducidos, de techos altos, cuyo mobiliario consistía en una cama de hierro, pie de zafa con toallero y reducida mesa de madera pintada de nogalina. 

A los Hostales se abrían las ventanas de estas habitaciones, guardadas por rejas de gruesos hierros lisos y redondos, a la misma distancia unos de otros y el número de ocho. 

“Cualquier bracero del Ferrocarril comía y bebía con más rumbo que toda una familia hidalga. Algunas cosas, entre ellas los luces monásticos, encarecieron un poco. Se instalaron figones y botillerías, con tablao para cante y de noche volcaban en Oleza el vaho de los ajenjos y frituras, el freno del fandango, la brama de los refocilos”. (El Obispo Leproso de Gabriel Miró).

“Oraciones, labor de aguja, tertulias recogidas se contenían para oir los huracanes de la abominación. Y en silencio se desgarraba una risa de mujer. Las señoras, y entre ellas Las Catalanas, que tuvieron tienda de tejidos, no se explicaban que esas infelices pudieran estar solas con tantos hombres… “.

 “Al amanecer, los ingenieros se bañaban en el río. Después salían todos al trabajo, y Oleza se quedaba, inocente y tímida, bajo las campanas y esquilones de sus conventos y parroquias”. 

En este ambiente de críticas acerbas, cabildeos y murmuraciones, comenzaron los amores de Encarnación con el ingeniero Alcoyano Juan Miró. 

La posadera Luisa y su marido veían con buenos ojos las relaciones de su hija con Miró, no así los padres del joven Ingeniero de Caminos, residentes en Alcoy, que hicieron desde el primer momento fuerte oposición a que siguiera aquel noviazgo. 

No influían en el ánimo de Juan las amonestaciones y consejos de sus padres y el enamorado galán continuaba sus visitas a Orihuela, prendado de los encantos y bellezas de Encarnación, la cual esperaba a su prometido con la natural impaciencia de mujer sabedora de los inconvenientes que sus amores presentaban, pues sus futuros suegros no cedían en la ruda oposición, pero Juan Miró, no obstante ser de bondadoso carácter, supo mantenerse firme en su propósito de contraer matrimonio con la mujer que desde el primer instante en que la conoció, supo enamorarle. 

Y llegó el día venturoso de la boda.

Gran día de fiesta en la famosa Posada de Pizana. 

El ancho patio estaba limpio y rociado. 

En la cocina se trajina sin descanso. 

Unidos ante Dios y ante los hombres la enamorada pareja en la parroquia del Salvador, salieron todos, recién casados y padrinos, invitados y curiosos, hacia la Posada de Pisana, en cuyo comedor se celebró el convite de rigor. 

Luisa puso todo el amor que sentía por aquella hija que se le marchaba, en dar a la ceremonia de la boda y al banquete el mayor realce. 

Y en Orihuela fue motivo de comento por algún tiempo la suntuosa boda de Encarnación Ferrer con Juan Miró, enamorado matrimonio del cual, al correr un poco el tiempo, tenía que nacer un niño, que al crecer y hacerse hombre, se convertiría en admirable prosista y gran maestro de las letras españolas.

FUENTES: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS
GABRIEL MIRÓ

Riada


Leer el testimonio de aquellos que vivieron el pánico y el miedo producido ante la inminente avenida de un desbordamiento fatal del cauce del Río Segura me ha hecho recordar los años de mi niñez en los que hubo ocasiones en las que yo mismo, en mis propias carnes, sentí la emoción y la sensación de inseguridad que nos daba esa incertidumbre.

Recuerdo que sentía curiosidad por ver lo que ocurría, por ver como las aguas lo inundaban todo, las calles que yo solía utilizar para ir a cualquier sitio, inundadas de forma que era imposible pasar a través de ellas sin mojarte los pies.

También llega a mi presencia la gran cantidad de gente que se apostaba en los puentes, sobre todo el de Levante, mirando el indicador de altura de las aguas, con cara de susto y sorprendidos ante esta lamentable situación que parecía pertenecer al pasado y que ya había sido desterrada y olvidada de nuestras memorias.

Así que, animado de esta lectura que me ha parecido tan interesante, se la incluyo aquí para que también ustedes puedan saborearla.


Varios días hacía que no lucía el sol.

Las lluvias caigan sobre la ciudad y su huerta con gran frecuencia llegando últimamente a convertirse en persistente temporal.

Los viejos decían no habían visto desde hacía mucho tiempo un año de lluvias tan continuas y abundantes.

El clarín del pregonero dejó oír su sonido agudo y metálico, y de todas las casas cercanas a donde el pregonero esperaba muy serio con una hoja de papel en la mano, salieron corriendo mujeres, hombres y chiquillos para enterarse de las graves noticias que el pregón traía.

En efecto, las noticias eran importantes; las persistentes lluvias en toda la cuenca del río Segura, habían hecho afluir a él torrentes de agua de todas las ramblas, barrancos y riachuelos, elevando de tal modo el nivel natural de sus aguas que amenazaba en breve plazo con desbordarse.

Todos los agrupados alrededor del pregonero oyeron atentos lo que este decía, quedando de momento silenciosos, para después, prorrumpir en alborotados comentarios sobre los peligros de la riada que se anunciaba, de los grandes perjuicios que traería a la huerta y de mil cosas más dichas y discutidas en un instante nerviosamente, bajo la fuerte impresión producida por las noticias del pregón.

Corría, volaba la noticia de boca en boca produciendo el consiguiente pasmo, mientras la gente se dirigía apresuradamente hacia los puentes para ver lo que el río crecía.

Las aguas, de ordinario mansas y tranquilas del Segura, estaban agitadas por una vertiginosa corriente.

Su nivel se elevaba por minutos, y las bandomeras, envueltas en el agua brava y amenazadora que desde Murcia y parte alta del río venía, anunciaban tristes presagios para la noche que se avecinaba.

El cielo estaba gris.

Entre los muchos hombres que desde el puente de Levante observaban la crecida del río, estaba Antonio, solo, separado de los demás y apoyado en la baranda del puente mirando fijamente el correr de aquellas aguas turbias y amenazadoras como las ideas maliciosas de tantos hombres.

Oía indiferente los comentarios y augurios pesimistas de cuantos cerca de él hablaban.

Estaba abstraído, separado mentalmente de todo lo que le rodeaba, y, miraba, miraba sin pestañear al río bonificador, pero también algunas veces amenazante y destructor, como obedeciendo órdenes supremas cumplidoras de un divino castigo.

De nuevo sonó el clarín en el cruce de dos calles.

El pregonero, con voz ronca, leyó el pregón que de orden del Alcalde aconsejaba se previnieran todos, especialmente los huertanos, ante las amenazas que del anuncio de nuevas crecidas podían tener.

Lamentaciones, sollozos de las mujeres, discusiones sobre si resistiría o no el río la gran crecida.

Ya los molinos situados al margen del río estaban completamente inundados, habiendo subido sus dueños la molienda a la parte más alta del molino, cuando una noticia cundió rápidamente por toda la ciudad como reguero de pólvora: el río se había desbordado por el caserío de Molins y por la carretera de Beniel.

Las paredes del río Segura no pudieron resistir la corriente impetuosa de la fuerte avenida, y se abrieron portillos en distintos sitios de su cauce que serpentea caprichosamente por la hermosa huerta orcelitana, inundándola y sembrando el pánico y el dolor en las pobres gentes que con tanto tesón y cariño la cultivan.

Se presentaba la noche triste y de continua zozobra para los oriolanos.

Las autoridades, los señores de fortuna y todos en general, se preparaban a socorrer a los pobres huertanos que, inundados sus bancales plantados de hortalizas, los huertos de naranjos con agua hasta las cruces de sus troncos y las humildes barracas anegadas totalmente, estaban en grave peligro de ahogarse.

A la medianoche, las aguas turbias del Segura inundaron parte de la ciudad.

Los pocos oriolanos que dormían despertaron ante el ruido producido por el ir y venir de la gente por las calles.

La riada estaba en la plenitud de su obra destructora.

Al acercarse a los puentes, se oía el bramido de las aguas encolerizadas.

El amanecer del día siguiente fue de ayes y quejas.

La huerta aparecía inundada casi totalmente.

Incalculables eran las pérdidas.

Mal invierno se presentaba por delante a los huertanos con las cosechas perdidas y las tierras cubiertas de arena.

Había que pedir enseguida al gobierno el envío de dinero para socorrer a estas pobres gentes que lo habían perdido todo quedando en la más completa de las miserias.

Reuniones en el Ayuntamiento, telegramas a Madrid, y el dinero no llegaba, y no llegó.

La inundación fue grande, de las que hacía muchísimos años no se han visto, hasta el extremo de que las tahúllas de García, situadas en un lugar donde en ninguna riada llegó el agua, también se inundaron.

Duró el agua embalsando las tierras bastantes días.

Desde lo alto del Seminario de San Miguel, espacioso edificio situado en mitad de la Sierra del Castillo, se divisa la huerta orcelitana en su totalidad.

¡Hermosa vista de Orihuela y de su huerta la que se ofrece desde las alturas de San Miguel!

Animado estaba aquellos días el empinado camino que en forma de zig zag conduce al Seminario.

Familias enteras subían a contemplar el precioso espectáculo, desconsolador al mismo tiempo,  de la huerta inundada.

Parecía que en la amplia explanada de delante del edificio donde viven los seminaristas estudiando Filosofía, Teología y Sagrada Escritura y la vida de los Santos, se celebraba alguna fiesta.

Concurrida estaba la explanada.

Las jóvenes miraban curiosas al colegio de futuros sacerdotes, mientras los seminaristas se asomaban por las ventanas del Seminario con el bonete puesto, muy contentos de tener aquel día tan buena distracción.

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS

lunes, 26 de septiembre de 2016

Nuestra Señora de Monserrate


Cuenta la historia que, allá por el año 613, época cercana y posterior a la abjuración del arrianismo por Recaredo y consiguiente declaración del cristianismo como religión del Estado en España, fue traída por los cristianos perseguidos por diversas sectas y que se refugiaban en nuestra Península una imagen de la Virgen, de origen griego, al parecer por los rasgos de su fisonomía.

Esta imagen, esculpida en un pedazo de tronco de olivo de 42 centímetros de altura, está sentada en una silla, tiene un niño en su mano izquierda, y se veneraba en la iglesia parroquial de San Julián con el nombre de Madre de Dios de la Puerta.

Durante la dominación árabe, poco después de la muerte del primer rey de Orihuela, fueron castigados nuestros antepasados con fuertes tributos, quedando reducida la libertad de vivir en la ciudad y practicar el culto católico, al Arrabal.

Mandaron los invasores más tarde quitar las cruces de las puertas de las iglesias, y temiendo que algún día los sectarios del falso profeta profanaran las imágenes, decidieron los oriolanos del Arrabal Roig ocultar la imagen de la Virgen, de la Madre de Dios de la Puerta bajo la campana de la iglesia parroquial de San Julián, colocada en el hueco de una peña que había dentro del recinto de la referida iglesia.

La imagen estuvo perdida, oculta bajo la campana y escondida dentro de la peña más de quinientos años, hasta que, al venir la epopeya del 17 de julio de 1242 arrojando a los moros de nuestra ciudad y estableciéndose en ella los cristianos, decidieron los oriolanos buscar la imagen que la tradición les transmitiera había sido ocultada por sus antepasados, olvidando el sitio donde las escondieron.

Mucho tiempo pasaron buscando la imagen, hasta que por fin, según opinan los cronistas locales, en el año 1306 tuvo lugar el feliz hallazgo de la Virgen.

Según la tradición, el milagroso hallazgo de la Virgen se atribuye al subterráneo sonido de una campana oída durante tres noches continuadamente al pie del monte del castillo.

El misterioso sonido llamó la atención de los oriolanos, que acudieron presurosos al lugar de donde salían las vibraciones de la campana milagrosa.

Buscaron ansiosos y, al agujerear la peña, encontraron el celestial tesoro escondido durante tantos siglos.

Grande fue el entusiasmo y regocijo con que se recibió el hallazgo de la preciosa Virgen.

Pero en seguida suscitáronse acaloradas discusiones acerca del nombre que había de dársele entre aragoneses, valencianos y catalanes que por aquel entonces poblaban la ciudad.

Los aragoneses querían se llamara Virgen del Pilar; los valencianos, de Orito y los catalanes, de Monserrate.

Por fin acordaron poner los tres nombres escritos en tres papeles y que la suerte decidiera, saliendo el de Monserrate, bajo cuyo título ha sido desde entonces venerada en nuestra ciudad.

Aumentaba de día en día en la ciudad y su huerta la devoción por la Virgen de Montserrate, por lo cual, y después de las necesarias tramitaciones, fue reconocida el 1 de septiembre del año 1633 como Patrona de Orihuela, celebrándose el día 8 del mismo mes, festividad de la Virgen, la primera procesión general.

La campana que un día anunció a los vecinos del Arrabal Roig el portentoso hallazgo de la Virgen tuvieron el mal acierto los oriolanos de antaño de fundirla, aplicando porciones del precioso metal, según reza la tradición, a todas las campanas de todas las torres de la ciudad.

Y aquella campana prodigiosa que sonó en los oídos de los oriolanos embargándolos de singular alegría al encontrarla protegiendo a la imagen de la Virgen, de la Madre de Dios de la Puerta, y que anteriormente llamaba a los fieles a la iglesia parroquial de San Julián, volteando desde lo alto de su torre, no se conserva hoy por la ligera decisión de nuestros antepasados, como preciosa reliquia que, en unión de la imagen, recuerde el milagroso hallazgo de la Virgen.

Vino a tierra la iglesia de San Julián, y en el mismo sitio, se edificó el primer templo dedicado a Nuestra Señora de Monserrate.

Más tarde, por estar ruinosa la anterior iglesia, fue trasladada la imagen a la Catedral, dando comienzo entonces las obras del santuario que tiene actualmente, donde al ser terminado fue trasladada solemnemente el 17 de octubre de 1776.

Todos los años, al llegar el 7 de septiembre, previo el disparo de varias series de morteretes colocados en lo alto de la sierra, junto a la típica rejuyaera, el recorrido de la dulzaina por las calles más céntricas y el repique general de las campanas de todas las iglesias, es traída procesionalmente Nuestra Señora de Monserrate a la Catedral, donde al toque de oraciones del mismo día da comienzo el solemne novenario con que los oriolanos obsequian a su Patrona.

La novena termina el domingo, durante el cual, la Virgen es devuelta en larga y silenciosa procesión a su santuario.

Es esta procesión de vuelta la manifestación de la devoción del pueblo oriolano a su Patrona.

Voltean las campanas, retumban los morteros al estallar allá en la sierra, suenan las notas acompasadas de la dulzaina, redoblan los tamboriles, los gigantes y cabezudos abren paso a la procesión y empiezan a pasar los interminables filas de devotas mujeres seguidas de otras dos filas no menos largas de hombres llevando en una de sus manos la vela encendida.

Congregaciones, comunidades religiosas, cleros parroquiales con cruz alzada, Cabildo Catedral, y el trono de plata sobre el que la Virgencita morena y bonita se destaca bañada de luz y cubierta por blanco manto del que van prendidas valiosas alhajas.

A continuación, camareras de la Virgen, electos de la cofradía y Ayuntamiento seguido de la Banda Municipal, tras de la cual, una muchedumbre acompaña a la patrona hasta dejarla encerrada en su precioso santuario.

El templo de la Virgen, pequeñita y morena, es espacioso, de alta nave central.

Su decorado es serio, sencillo: blanco y oro.

Y el precioso altar mayor, donde en su centro aparece, majestuosa y hermosa, la imagen de Nuestra Señora de Monserrate, es merecedor de ser contemplado sin prisa.

Al contemplar este altar admirable, lleno de luces y flores, es muy difícil que, aún el hombre más descreído e indiferente, no sienta al instante una dulce emoción consoladora.

En las visitas cotidianas de los oriolanos, tristes y cabizbajos, por una desgracia reciente o un negro presentimiento que les atormenta, siempre salen después de haber rezado postrados a los pies de la Virgen bella, aliviados en sus hondos pesares.

Es la visita obligada de todo buen oriolano.

Y la Virgen, risueña, los recibe maternalmente, embargándoles el alma de una celestial alegría.

A la izquierda de la nave central, hay una capilla igualmente decorada que el resto de la Iglesia; capilla en la que, en el sitio correspondiente al altar principal se ve una verja de hierro que cierra el acceso a una cueva pequeña y sombría, iluminada débilmente por una lámpara de aceite; en la cueva en plena peña dónde fue encontrada por los oriolanos de antaño la imagen de la Virgen.

Es esta cueva visitada constantemente por los oriolanos como uno de los rincones más preciosos del santuario, pues trae a su memoria recuerdos del milagroso hallazgo de la Virgen, de la brillante historia de Orihuela y sus heroicos antepasados que poblaban el Arrabal Roig, y es la que debiera guardar la campana en mal hora fundida.

¡Lástima de campana prodigiosa!

¿Por qué te fundieron?

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS


domingo, 25 de septiembre de 2016

La Fiesta de la Reconquista


De viejas tradiciones, religiosas leyendas e históricos recuerdos es el 17 de julio.

Día es este en que se celebra, no con el esplendor que se debiera, la fecha memorable en que los oriolanos se apoderaron por completo de la ciudad y su castillo, arrojando de ella a los árabes que la tenían cercada con su dominio. 

Era por el año 1242, cuando los cristianos, hartos de sufrir el yugo musulmán, decidieron dar el grito de religión y libertad. 

Aben Mohor, rey moro, alcalde de la ciudad, descubrió los planes de los cristianos, y envanecido de su poder acordó hacer un escarmiento ordenando fueran durante la noche pasados a degüello todos los enemigos del Islam. 

Tenía Ben Mohor un hijo que amamantaba la Armengola, mujer oriolana, fuerte, valiente y decidida.

Enterada esta de los terribles y sanguinarios propósitos del rey moro, le suplicó el indulto de sus dos hijas, a lo que accedió. 

Corrió la Armengola al barrio ocupado por los oriolanos a prevenir a sus hermanos de sangre y religión el grave peligro que les amenazaba. 

Hablaron, discutieron, hasta que, por fin, acordaron el estratégico plan a seguir que pusieron en práctica con bravura. 

Tres robustos jóvenes vestidos de mujer subieron acompañando a la nodriza del hijo de Aben Mohor a la fortaleza del castillo, y los musulmanes que nada sospechaban, abrían las puertas, cayendo a continuación sus cabezas segadas violentamente. 

Detrás, todos los oriolanos subían con serenidad de héroes, apoderándose poco después del castillo y la ciudad por completo, y arrebatando la bandera del vencido reinato moro, que se llevaron como trofeo de guerra y victoria y cuyos girones se conservan hoy como pendón glorioso de la Reconquista de nuestra ciudad.

Enterado de la heroica hazaña el infante don Alfonso, hijo del rey don Fernando de Castilla, llamado el Santo, admiro a los oriolanos y los llamó dignos descendientes del Rey Teodomiro; puso en movimiento sus huestes y ocupó la ciudad en nombre del Rey Católico.

La víspera de la fecha gloriosa, refiere la tradición, que aparecieron en el cielo dos estrellas descendiendo milagrosamente como anunciando el triunfo de los cristianos, la una hacia el castillo, y la otra bajando hasta el Arrabal. 

Las dos estrellas llevaban envueltas en su luminoso esplendor la figura de dos santas, Justa y Rufina, cuya fiesta se celebraba al día siguiente. 

Un voto público aprobado por el monarca y el Papa Inocencio IV nombró patronas de Orihuela a las vírgenes sevillanas Justa y Rufina.

Esta es a grandes rasgos la historia de la Reconquista de la ciudad de Orihuela, que todos los años, el 17 de julio, celebran los oriolanos con una sencilla fiesta cívico religiosa.

La víspera el día del Pájaro, como vulgarmente se llama al 17 de julio, por el pendón de la ciudad está rematado por un pájaro, el Oriol, escudo de nuestra ciudad, son colocadas sobre los viejos muros del histórico castillo dos luces, queriendo representar a las milagrosas estrellas que un día bajaron del cielo a la tierra anunciando el fin de la dominación musulmana en Orihuela. 

Todos los oriolanos que son padres enseñan a sus hijos las dos luces, y cuentan con orgullo la historia que la tradición les transmitió de la Armengola y sus dos hijas. 

Los niños escuchan atentos la narración que sus padres les hacen y difícilmente se les borra de su memoria.

En las primeras horas de la mañana del día del Pájaro es colocado el preciado estandarte en el balcón principal del Ayuntamiento. 

Y después de anunciar las campanas de todas las torres y los morteros disparados en la sierra que la histórica Señera saluda a la ciudad, es conducida procesionalmente primero desde el Ayuntamiento a la Catedral, y después de la Catedral a la iglesia de Santas Justa y Rufina, acompañada de ambos Cabildo Municipal y Catedralicio y seguirá de la muchedumbre que le aclama precedida de la banda de música que toca sin cesar.


FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS


martes, 20 de septiembre de 2016

Los Usureros de Orihuela


Hubo una época en la que abundaban en la ciudad los hombres dedicados a aumentar su capital haciendo préstamos usurarios.

Generalmente, estos señores eran respetados por la mayoría de los pacientes ciudadanos que los saludaban única y exclusivamente porque eran ricos.

Practicaban de ordinario con gran escrupulosidad además de la usura, las obligaciones de todo buen cristiano, asistiendo a misa todos los domingos y algún que otro día, dándose golpes de pecho y santiguándose con agua bendita.

El dinero recogido haciendo préstamos a un interés excesivo, lo empleaban casi siempre en la compra de huertos de naranjos.

A uno de estos seres martirio de la sociedad, habían acudido varias veces los buenos oriolanos en demanda de cantidades que remediarían aunque fuera momentáneamente su situación angustiosa.

Siempre eran recibidos por Don Isaac o Don Moisés, los dos usureros más nombrados de la ciudad, con afectuosas pruebas de refinada cortesía, las cuales no hacían bajar ni un céntimo el interés crecidísimo de la cantidad prestada que les entregaban con gran solemnidad y ojillos escudriñadores, frotándose después las manos amarillas de largos dedos avarientos.


FUENTE:
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS

lunes, 19 de septiembre de 2016

Nuestro Padre Jesús


Hay un amor nativo y siempre vivo en el corazón de todo oriolano, por el cual, en valiente defensa, serían capaces de dar su vida entera. Es este un sentimiento tan puro, tan entusiasta y respetuoso hacia la imagen santa que lo representa, que al manifestarse espontáneamente en los hijos de Orihuela, ponen en él toda su alma. Nuestro Padre, Jesús conocido en lo que pudiéramos llamar el trato familiar con el nombre del “Abuelo”, es la figura excelsa, venerada y popular a la que se dirigen diariamente millares de súplicas y miradas fervorosas envueltas en una latente esperanza. Él es el paño de lágrimas del corazón oriolano.

Junto al amplio y antiguo convento de Santa Ana, ocupado por los franciscanos, se levantan los viejos muros de una iglesia, cuya fachada, seria y sencilla, aún tiene al descubierto las irregulares piedras que sirvieron para erigirla. 

Es ésta una iglesia silenciosa y solitaria, en la que, al entrar, el ruido producido al pisar el mármol frío de su pavimento, resuena en las bóvedas y claustros como el tronar de una tormenta lejana. Siempre está vacía esta iglesia y nunca está sola, pues en una capilla situada a la derecha de la nave, raro es el momento estando abiertas sus puertas, que no se oye rezar muy quedo a algún devoto arrinconado. 

Intensa emoción produce al visitante la visión de conjunto de esta capilla, que no se borra fácilmente, por que impresiona el alma. En ella se venera la imagen piadosa de Nuestro Padre Jesús, Patrón de la ciudad Orihuela.

El arte mágico de Bussi, inspirado sin duda por un poder sobrenatural, hizo que de entre sus manos saliera tan maravillosamente imitada la faz del Crucificado que, al mirarla, da la sensación de la representación viviente del Nazareno; su figura parece que respira, que está con el que la mira y que dejando la inmovilidad propia de una escultura, acompaña al devoto en la soledad de la capilla, creyendo éste ilusoriamente que está ante la realidad viva.

Oro, mucho oro brilla en la capilla, La profusión de adornos, ramos y molduras, todo dorado, del altar, relucen sobre un fondo rojo. Cuatro ángeles, también dorados, se destacan como anunciando que allí está la fe. Cuatro cirios, largos y derechos, alumbran la imagen de Jesús. Serenidad, respeto, temor a lo desconocido, un algo que no se puede explicar…

En la penumbra de la capilla, un rayo vivido de sol, filtrado por un tragaluz de la pequeña cúpula, atraviesa diagonal el espacio iluminándolo débilmente. Silencio.
Una mujer arrodillada en un rincón desgrana las cuentas de un rosario, y un hombre, todo un hombre, susurra en otro rincón el Padre Nuestro. La figura encorvada pero esbelta de Nuestro Padre Jesús, aparece en el fondo del camarín con la túnica morada, un grueso cordón de oro anudado a la cintura, la corona de espinas sobre las sienes y la cruz a cuestas. Una negra cabellera se desparrama caudalosa por los hombros y espaldas.

Su mirada recibe a diario suspiros, súplicas, penas ahogadas en los pechos que no encuentran un consuelo más que ante Él, dónde se ve estando ciego, se oye estando sordo, se habla estando mudo y se siente siendo insensible. Bálsamo santo, amor, fuerza, poder, divinidad; mirada piadosa que perdona pero exige, que absuelve y recrimina a un tiempo que es siempre misericordiosa y justa. 

La lucecita temblona de una lámpara de aceite, parece a cada instante que va a dejar de brillar, que va a apagarse, que va a morir; pero siempre revive, nunca se apaga, nunca muere, como si la lucecita amarillenta y oscilante de la lámpara de aceite fuera igual que la vida de las cosas celestiales, nebulosas en la penumbra de lo oculto y desconocido, necesarias en la vida de los hombres y arraigadas por la fe.

La devoción a Nuestro Padre Jesús está acrecentada especialmente en los huertanos. Esta gente, ruda, casi sin cultura, que se pasan la vida trabajando y que no tienen más que rudimentarios conocimientos de la religión, no les basta en muchas ocasiones atolondradas de su vida para refrenar sus pasiones, su cólera, o aliviar sus pesares, el arrodillarse delante de la imagen de una virgen bonita y risueña o de un cromo de un santo sin expresión; necesitan postrarse, medrosos ante la imagen de tamaño natural de Nuestro Padre Jesús, y temblando de emoción, mirarle fijamente largo rato contemplando su rostro severo y bondadoso a la vez, transformándose momentáneamente de hombres a niños, pidiendo entonces con la inocencia propia de los pocos años, perdón y protección.

Los huertanos son, los que al salir procesionalmente el “Abuelo” por las calles lo llevan orgullosos sobre sus hombros. Es un privilegio que les colma de felicidad el heredar de sus padres la obligación, que es una suerte de vestir la morada vesta de nazareno.

La víspera del día en que empieza con gran pompa y esplendor la novena dedicada a Jesús Nazareno, trasladan en ligera y corta procesión la imagen desde su capilla a la iglesia parroquial de Santas Justa y Rufina. La bocina anunciadora de la salida de Nuestro Padre, recorre durante las primeras horas de la tarde las calles de la ciudad, lanzando al espacio el sonido fuerte y continuo de sus notas siempre iguales y características. Espectáculo muy oriolano es este que a las horas de la siesta se presenta todos los años a nuestra vista; la chiquillería arremolinada en el cruce de dos calles mirando curiosa la típica bocina, de la que sopla con todas sus fuerzas hinchando los colorados carrillos un hombre alto y robusto, y un niño, con los brazos en alto sostiene el negro, largo y cónico instrumento mientras el hombre sopla.

Dejando marcadas sobre el blanco polvo de la carretera las huellas de los pies, marchan pausadamente un corto número de alumbrantes respetuosos y callados, seguidos de todos los frailes del convento de Santa Ana, con la vista fija en el suelo y una mano sobre el pecho. Los nazarenos vestidos de morado llevan a sus hombros el trono desde donde a todos lados mira perdonando y bendiciendo Nuestro Padre Jesús. 

Detrás, un fraile va rezando en voz alta el santo rosario. Un grupo de mujeres, contestando al fraile en los rezos, cierran la marcha de esta comitiva sencilla y encantadora del traslado de la venerada imagen de Jesús, mientras a la cabeza de la procesión la bocina deja oír su sonido inconfundible. Y al poco rato, la histórica iglesia de Santas Justa y Rufina recibe pletórica de luz y de alegría a nuestro Padre, embargando el ánimo de los que asisten a la triunfal entrada, los acordes melodiosos de su órgano y el voltear de las campanas de la artística y preciosa torre, que desde las alturas cantan en su honor.

Desde que Nuestro Padre Jesús está en el templo de Santas Justa y Rufina, no cesa un instante el continuo hormigueo de gente que acude fervorosa a postrarse de hinojos a sus plantas. Por la tarde la afluencia de devotos aumenta considerablemente, hasta el punto de no tener cabida en la iglesia, que es espaciosa y de elevadas bóvedas. 

Oradores de famosa nombradía son encargados de predicar los sermones, que desde los lugares más apartados de nuestra huerta vienen ex profesamente con gran devoción a escuchar las huertanas con sus anchas y vaporosas faldas de muchos pliegues, las blancas alpargatas sujetando sus pies menudos y un pañuelo de varios colores y muy brillante para cubrir sus cabellos recién peinados; los hombres con los pantalones blanqueados por el polvo del camino, una blusa limpia ligeramente plisada por la espalda y pecho, y el sombrero casi siempre negro, con unas hojas de lo que por entonces florece, sujetas a la cinta.

El último día de la novena de Nuestro Padre Jesús, siempre es domingo, saliendo al terminar los solemnes cultos que empiezan ese día un poco más temprano, la procesión general conduciendo a la sagrada imagen a su santuario del convento de Santa Ana. Repletas de gente están las calles y plazas de Santiago y de Monserrate, así como también están bastante concurridas las calles de San Francisco, plaza de Capuchinos y hasta la carretera que llega al convento de los frailes Franciscanos.

Los balcones lucen colgaduras de coco o las flamantes cubiertas muy lavadas y bien planchadas. Y en la plaza de Monserrate una larga traca le da la vuelta sujeta a los árboles que la adornan para ser disparada al paso de Jesús.
Por muy observador y detallista en las descripciones que se sea nunca se llegará a la pintura perfecta de estos cuadros de fe, en los que lo de más importancia no es lo que se ve, sino lo que se deduce de ellos. 

La Procesión General de Nuestro Padre Jesús no es la procesión de una fiesta, no es el acto callejero, bullicioso y de general algazara, no es la procesión pueblerina en la que se estrenan trajes y se va a lucir; no, la procesión general del “Abuelo”, es la manifestación de la devoción de un pueblo, es la demostración franca y sincera de sus sentimientos, es el silencio respetuoso, es el acto de humildad, es la sumisión hacia lo superior y divino, es la fe como debe ser la fe, es el acto de pública presencia de la parte más sana de la fe oriolana.

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS

La Fiesta de San Antón



Hurgando en mis libros sobre las costumbres oriolanas, me he tropezado con algo que me ha llenado de satisfacción.

Al leer el relato descriptivo que José María Ballesteros hace de una de las fiestas más nombradas de Orihuela, las Fiestas de San Antón, que se celebran el domingo antes del 17 de enero, me ha hecho retraerme a mi propio pasado y recordar los dulces e intensos momentos de mi niñez en la que acompañado de mis padres y hermanos, acudíamos ese señalado día a pasear por el barrio de San Antón para participar como el resto de mis vecinos en un día que para mí se ha vuelto inolvidable.

Por supuesto que recuerdo el panizo dulce, las bolas, las pelotas blancas que se estiraban y con la que mi hermano y yo hacíamos batallas.

Pero sobre todo, recuerdo ir a ver al cerdo que era lo que más nos impresionaba.

Y también como no, a esos charlatanes que con su labia nos dejaban asombrados, pues con su charlatanería eran capaces de darle la vuelta a cualquier cosa.

Así que un impulso me ha obligado a copiar el texto más o menos literal que José María Ballesteros editó a principios de siglo XX y les invito a escuchar este relato que está impregnado de dulzura, belleza e inocencia.

…Eran otros tiempos…



Está situada la pintoresca ermita de San Antonio Abad, al pie de la sierra del castillo por el lado que mira al Levante. Adosada a la ermita, formando un solo cuerpo está la casa del capellán que durante todo el año cuida y atiende al santo en las necesidades propias del culto. Una ensenada rodeada por pretil de toscas piedras se extiende a la puerta del santuario y, en el centro de ella se levanta altiva, derecha y cimbreante, una palmera que los viejos dicen fue plantada el día que una reina visitó nuestra ciudad. A la espalda y a los lados de la ermita de San Antonio, sobre la ladera del monte, hay una serie de casitas malamente edificadas y pobremente habitadas, y varias cuevas convertidas gracias a la constancia y a la pobreza inaplazable en sus determinaciones, en humildísimas viviendas, donde se resguardan del agua y del frío, pero no del hambre, los desgraciados y desamparados de la coquetona y caprichosa fortuna.

Completando este cuadro típico de los alrededores de la ciudad, están los preciosos huertos de palmeras formando tupido bosque que sirve por su aspecto serio y monótono, de apropiado fondo para el escenario donde diariamente se representan a la vista de las paredes de un santuario, escenas de desesperada lujuria y de severa e insoportable miseria.

Varios días antes de la típica Feria de San Antón, ya se exhibe los martes en el mercado y los domingos en las calles más céntricas, el famoso y popular cerdo que, rechoncho y con la respiración fatigosa por el exceso de grasa apenas puede dar un paso. La gente se afana por apuntar su nombre en los pliegos de papel colocados sobre una mesa, y entregar la limosna para el Santo, confiando en ser agraciados con la suerte al ser rifado después de las fiestas el sustancioso y provechoso animal.

Desde muy temprano comienzan a llegar el día de la Romería a los alrededores de santuario, infinidad de vendedores cargados con los indispensables dulces y bolas de San Antón y otras golosinas de venta casi exclusiva en este día, como el blanco, tierno y quebradizo palmito y el pegajoso turrón de panizo. Los puestos de confituras aparecen colocados en dos largas filas a ambos lados del camino que conduce a la ermita, y en un lugar un poco arrinconado, están los merenderos hechos provisionalmente con zarzos y harpilleras.

La figura más sobresaliente de esta fiesta después del cerdo, es el Señor de San Antón; este es un canónigo que todos los años el Cabildo elige de nuevo, con la obligación de encargarse de la organización de la fiesta, administrar las limosnas que el Santo recoge y llevar a cabo la compra del magnífico cerdo que se ha de rifar cómo final de los festejos. El señor de San Antón, siempre es un hombre amable, cariñoso y cortés, que obsequia con copas de vinos licores y dulces a los que suben a saludarle a las habitaciones de la casa del capellán que ocupa ese día. A la hora de la comida se sirve a las autoridades previamente invitadas y a algunos amigos del señor de San Antón, el apetitoso arroz con costra, y, ni que decir tiene que, autoridades y amigos del canónigo sufren por la tarde los ardores y molestias de una pesada y trabajosa digestión.

Después de celebrarse la misa solemne con que se obsequia al santo, no cesa ni un momento el desfile de visitantes por la ermita, donde después de rezar una oración, dar una limosna y recoger unos rollos de pasta dura para los perros y caballos que al comerlos están libres todo el año de una enfermedad, compran las bolas, el turrón de panizo y el palmito, y si hay niños en la familia, las pelotas del tío Paco y los globos de goma de colores. Pero la animación llega al máximo convirtiéndose en verdadera aglomeración, por la tarde, en que una multitud trajinante y bulliciosa acude por todos los senderos y caminos cantando alegremente y con ganas de jarana. Los más adelantados traen las comidas de sus casas, terminándola de condimentar en el monte sobre tres piedras qué sirven de hornillo; y con gran algarabía, chistes, bromas y la bota del vino casi siempre en alto, pasan unas horas de expansión en un ambiente familiar aromatizado por los romeros y tomillos del monte y alegrado por las notas vibrantes y melodiosas de una guitarra.

Una banda de música toca en un extremo de la explanada, y la chiquillería, juega, corre, grita gozando de la fiesta en la plenitud de su esplendor. Los novios invitan a las novias y los galanteadores a la mujer que desean conquistar a un cartucho lleno de bolas de San Antón que se llama la pesada; bolas dulzonas, coloreadas de amarillo y encarnado, que los novios y las novias chupan relamiéndose los labios, tal vez porque piensan en las dulzuras del primer beso.

El ir y venir de los carruajes llevando gente a la fiesta es extraordinario en las horas de la tarde, presentando el paseo de la Puerta Nueva, la calle del colegio, el trozo de la carretera comprendido entre la Olma y los baños de la Cubé y ancho camino que llega hasta la ermita, una gran animación. Algunos mozos de la huerta majamente vestidos y cabalgando un brioso corcel, lucen su garbo orgullosos de sí mismos y del caballo que montan creyendo que no hay en toda la huerta otro mejor.

Este día es tradición para algunas familias, acudir a los baños de San Antón, para pedir un vaso de agua.

Estos baños, que llevan el nombre del santo patrón de la ermita vecina, son famosos y no tanto como debieran serlo, porque de la roca viva brota un manantial de rica y medicinal agua que la Naturaleza dotó de virtudes saludables y contraria a muchos males y achaques...

FUENTE: 
JOSÉ MARÍA BALLESTEROS